jueves, 24 de septiembre de 2009

El caminante de las estaciones latinoamericanas.-

Mario Dani Castillo es un joven músico que a sus 18 decidió dejar atrás los paisajes del altiplano y se echó a andar Latinoamérica con su guitarra al hombro. Hoy crea la banda de sonido del regreso al conurbano de muchos trabajadores. En paralelo, desarrolla su proyecto musical De Barrio Latino Soundsystem.

Por Facundo Gari
Fotografía de Agencia NAN

Buenos Aires, septiembre 24 (Agencia NAN-2009).- La luna abre sus brazos de luz entre los nubarrones, ilumina el cielo y, en un corte, baja hacia las candilejas que relampaguean en la estación de Longchamps, ciudad cruelmente arrullada por la ventolera helada de una noche de primavera en crisis. Mario Dani Castillo, 23 años, boliviano, baja del tren que viene del noreste con su gorra de visera corta ajedrezada, la capucha encima, la mochila enorme en su espalda, el microfonito de la oreja a la boca; y la guitarra con el satélite blanco --que ahora sí se ha perdido en el firmamento-- dibujado en la punta del mástil, colgando de su cuello. Baja con calma. Lo acompaña un pibe que lo espera a la par, que aguarda algo, aún no se sabe qué. Hasta que “El Caminante”, así lo llaman, mete su mano en el bolsillo y le extiende monedas para el bondi, dos pesos de su jornal que trueca por un billete. Se saludan con cordialidad y Mario vuelve a bajar, ahora por las escaleras, cruza el túnel hacia el andén contrario y escala hasta a la superficie. “Buenas noches. ¿Cómo anda, hermano?”, saluda al de la panchería al paso, camino a los bancos verdes de cemento, a la espera del último tren destino a Constitución de la noche, el de la una y pico de la madrugada.

Nació en Santa Cruz de la Sierra, “donde es primavera todo el año”, y desde que tuvo conciencia supo que su destino era recorrer el mundo, “conocer otras culturas”. Tal vez haya sido esa visita a Brasil que hizo hace trece años con su padre, que vive en España, la que cultivó su curiosidad, porque desde entonces no pudo detener el pie: de la zona alto andina a la llanura amazónica, de los valles secos, a Los Yungas y las serranías chiquitanas, de Potosí a Oruro, La Paz, Sucre y de vuelta a Santa Cruz. Vivió con tías, primos y amigos, buscando paisajes nativos vírgenes a sus ojos. Pronto, le fue necesario exceder los límites cartográficos de Bolivia. “Tenía 19 cuando vine por primera vez a Argentina. Fui por el Norte, haciendo mochila y dedo”, reseña sonriente, bajo una garúa de navajas que le congela los dedos justo antes de la última performance del día. El tren llega, vacío, pues nadie viaja a la metrópoli tan tarde entresemana, pero aún quedan los que vuelven a la periferia. Por la hora, deberá bajar en la estación de Banfield para interceptarlos. “No tiene sentido no conocer el planeta en el que existo. No me siento en paz si me quedo quieto”, le asegura a Agencia NAN, mientras se pone de pie y enfila hacia las puertas del tren.

Longchamps-Temperley

Su madre se llamaba Adalgisa y murió cuando él tenía ocho. “Fue en Buenos Aires, en 1994. Yo estaba en Bolivia mientras ella estudiaba Derecho y trabajaba para un abogado en una oficina de acá. Unos policías la secuestraron y asesinaron. Creo que eso le dio un nuevo sentido a mi deseo de viajar: buscar llenar ese vacío, como una terapia”. Mario pide que el asunto no se profundice. Entonces, retoma su diario de mochilero y mueve las páginas de 2005: “Esa vez no llegué a Buenos Aires. Quise, pero tuve que volver desde Salta, porque me robaron la guitarra y no tenía cómo hacer plata para comprar otra y seguir”, se lamenta aún. Si le ocurriese hoy, tampoco podría seguir: sus días comienzan en la mañana, cuidando a sus mellizas Adalgisa --como la abuela-- y Aimé, de año y ocho meses, en una casa alquilada en Longchamps, mientras su señora estudia. Cuando ella llega, comparten unos mates y charlan, a veces incluso cenan, temprano pero en familia, hasta que él toma su guitarra y camina hasta la estación.

Al ascender al tren, se coloca en la intersección de puertas y asientos y se presenta. “Voy a tocar unas músicas que a mí me gustan mucho”. Y lo que sale es una propuesta estrambótica: Mario baila al beat del reggae, se rima y se encima àlla hip hop y corea en clave reggaetón, a través de un parlantito que cuelga en su cintura. “Canto canciones que compongo, pero también covers de Vico C, El Rookie y Gerardo Mejía. Hay algunos temas evangélicos, aunque no vaya a ninguna iglesia. Dios es lo más lindo que existe, pero no quiero ser oveja de nadie.” Los sonámbulos que mecen sus cabezas según la turbulencia del vagón miran al joven avanzar a agachaditas por el pasillo. El cantante agradece los aplausos, levanta el pulgar a los gestos aprobatorios, pasa la gorra, empuña las monedas y desciende del tren, para cambiar de vagón o de andén, si sabe que le conviene ir en otra dirección. Aquella vez, en Salta, no le quedó opción, pero el destino le tuvo preparado un encuentro importante. “Fui para la frontera y conocí a mi mujer. Ella quería ir a Bolivia, entonces viajamos juntos”. A paso doble, como a todos los rumbos siguientes.

Temperley-Banfield

De Bolivia, Mario y su novia cruzaron a Puno, Perú. “La primera noche dormimos en la estación de ómnibus. Luego me puse a tocar y ella a hacer artesanías. Así conseguimos sobrevivir”. La siguiente parada fue Cuzco. Instalado en el Hotel Espaderos, Mario fue hasta un bar cercano a ofrecer sus melodías. “Se ve sobre el escenario”, lo desafió el dueño. “Toqué y me contrató para toda la semana. Incluso quiso que me quedara más tiempo, pero tenía que continuar mi viaje”. La pareja siguió por Lima. “Llegamos a La Victoria, un barrio de los más bajos, terrible, en el que no entra nadie. A la noche fui a tocar a Miraflores, que es un lugar con un poco más de plata. Cuando estábamos llegando al hotel, el taxista nos dijo: ‘Yo los dejo sobre la avenida, no entro en el barrio’. Nos hospedábamos a ocho cuadras. No quedó otra opción: nos metimos en el barrio y a las pocas cuadras cuatro personas nos cruzaron”.

El suspenso crece mientras Mario hace la pausa. Pero el final no es el anunciado: “Empecé a cantar con ellos hasta que me pidieron que espere un rato. Pensé que nos iban a chorear. Uno de los chabones se fue corriendo y trajo a un chibolo de unos 13 años, con un cajón peruano.” Otro profirió la orden: “¡Toquen juntos!”. “¡Y cómo tocaba ese chaboncito!”, se entusiasma Mario. Tanto lo impresionó que, mientras el viajero estuvo en Lima, cantante y percusionista salieron a la par a ponerle música a la jungla de asfalto. Pero llegó el momento de la despedida. “Mientras vos estés acá, nadie te va a tocar. Volvé cuando quieras que sos bienvenido”, le dijeron. Y le extendieron como obsequio una caja llena de cuerdas para guitarra: “Para tu viaje, Caminante”. “En Buenos Aires esos códigos no se encuentran fácil: los pobres se roban entre ellos”, lamenta.

Puente Piedras, las playas de Ancón, Fiori, Zarumilla, Aguas Verdes, hasta Huaquillas, ya en Ecuador, fueron del itinerario. Después, Quito. “No teníamos donde quedarnos. Conocimos a unos evangelistas que nos dieron lugar en su casa y nos consiguieron un cuartito para alquilar. Nos quedamos dos meses”. Más no podía ser: en Bolivia lo esperaba su primera hija, Melany, que tuvo a los 18, para festejar su cumpleaños. El entusiasmo de familiares y amigos por su regreso hizo sentir a la pareja a gusto y acordaron instalarse allí un tiempo y visitar Argentina en las vacaciones. Pero un imprevisto devino en cambio de planes: su novia estaba embarazada de las mellizas, que nacieron acá.

De regreso a Longchamps

Aprendió a tocar la guitarra solo, en un centro de rehabilitación. “Era muy enfermo a la cocaína. Tenía 16 años cuando vi que tenía que rescatarme. Uno se junta con cierto tipo de gente y decide probar y continuar haciéndolo. Por eso me enfermé, me volví dependiente. Pero con fuerza de voluntad me pude curar. Lo mejor de la vida es evolucionar: en el pensar y en la música”. Por eso “El Caminante” avanza, hace lo que le gusta hacer, y aunque lo caguen a trompadas en Once y reciba aprietes de vendedores sobre el tren, lo seguirá haciendo, porque es su pasión --la misma que manifiesta en la banda De Barrio Latino Sound System-- y su trabajo.

“Estuve un tiempo de repositor en un supermercado, pero me di cuenta que no era para mí estar de esclavo en un trabajo, así que preferí seguir haciendo música.” Cuando arroja los acordes finales de su recital ambulante, algunos agachan la cabeza y se esconden al paso anunciado de la gorra, tal vez avergonzados por haber escuchado lo que no van a pagar. “No quiero limosna, sino que me den lo que crean que merezco”. El tren se detiene y las puertas vuelven a abrirse. Del mástil de su guitarra a los lamparones de la estación. Y de allí, la luna otra vez al cielo.

MySpace:
http://myspace.com/debarriolatinosoundsystem
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