miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cuando el arte fortalece la lucha.-

Esta vez en forma de música, la Plaza de Mayo volvió a oír los reclamos de los obreros de la ex Terrabusi, que hace casi dos meses luchan por la reincorporación de 162 compañeros despedidos. Bruno Arias y El Bordo cerraron el festival que inauguró uno de los trabajadores suspendidos durante la protesta: “Esperemos que de a poco empecemos a ganar esta lucha".

Por Nicolás Sagaian
Fotos de Mariano Iñiguez

Buenos Aires, septiembre 30 (Agencia NAN).- Las balas de goma y los palazos de la violenta represión del último viernes todavía duelen en el cuerpo. Fastidian, como esa herida sangrante que simbolizan los 162 trabajadores despedidos de Kraft Food (ex Terrabusi) y la innumerable cantidad de suspendidos. Igualmente, la lucha continúa. Por eso, en solidaridad con los empleados de la multinacional y en repudio a la precaria situación laboral que por estos días están viviendo, se realizó ayer un Maratón Cultural en Plaza de Mayo, donde El Bordo, Bruno Arias y Palo Pandolfo, entre otras 16 bandas, ofrecieron su música para acompañar el trabajo de grupos artísticos. Juntos elevaron la lucha de los obreros durante poco más de cinco horas: "Para que la fabrica deje de ser un estado de sitio y el Ministerio de Trabajo decrete la Emergencia Laboral".

A la espera de una respuesta concreta de la empresa a los pedidos de los trabajadores --como la revisión de las suspensiones y de sólo 86 despidos que se analizarían mañana, según prometieron directivos de la fábrica--, la jornada comenzó cerca de las 17 para sumarse a las múltiples marchas y protestas que se vienen realizando en el país. Al lado de la Pirámide de Mayo, tapizada de pintadas con aerosol que rezaban "ni suspensiones ni despidos", se levantó un gran escenario sobre el que abrió el festival Gastón Molina, trabajador de Kraft suspendido durante 15 días por participar de la resistencia al desalojo de la planta --
que los empleados ocuparon durante 40 días para reclamar-- el último viernes. "Esperemos que esta jornada sea una fiesta y que de a poco empecemos a ganar esta lucha", se esperanzó, dándole la bienvenida a todos los que ya se habían acercado.

Entonces, la fría tarde comenzó a levantar temperatura con una seguidilla de bandas de folklore. José Lima y Los Hijos del Viento atrajeron los primeros aplausos. Pucho Ruiz, envuelto en el aire de Santiago del Estero y sus chacareras, provocaron el baile de los menos tímidos. Y con el trío Goldman-Lobos-Álvarez y el grupo Correntada llegaron los merecidos tributos a Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui. Mientras, entre los jóvenes y chicos que miraban el show parados, y por las rondas de mate y bizcochitos que se formaban sobre el pasto, pasaban varias cajas alcancía con el objetivo de juntar un fondo de huelga para los trabajadores.

"Es que durante la última represión reventaron todo y se robaron el fondo de huelga que habíamos juntado --denunció Pablo Vega, uno de los despedidos--, así que fíjense con que impunidad se movió la Infantería, que saqueó a trabajadores que no cobran hace cuatro meses". Las acusaciones fueron en referencia al violento desalojo que las fuerzas estatales realizaron el viernes en la planta que la fábrica posee en Pacheco, al norte del Conurbano.

Por eso, con el objetivo de juntar más recursos en solidaridad con la lucha, a un costado se vendieron remeras estampadas y pines con las consignas "Todos somos obreros", "Ningún despido" y "Kraft-Terrabusi, todos adentro". La misma meta cumplió el buffet que improvisaron integrantes de la Comisión de Solidaridad con los Trabajadores de Kraft.

A las 19, las bebidas y las hamburguesas habían sido vendidas. Para entonces también habían pasado el músico José Piazza, delegado de la junta interna del Teatro Colón, y Hugo Ponce, cantante del Teatro Argentino de La Plata, que participó de uno de los momentos más emocionantes de la tarde al interpretar su "canción a los héroes del Crucero Belgrano". Aplausos y una gran ovación se oyeron a pocos metros de las carpas de los "veteranos no reconocidos de Malvinas", que hace años acampan en Plaza de Mayo en reclamo de subsidios.

La oscuridad de la noche de a poco fue envolviendo la plaza. Y con la huida del sol, también llegó la baja de la temperatura. Sin embargo, después de los carnavalitos y chacareras, los integrantes de TOD Metal, con su rock pesado, tocaron como para hacer temblar el edificio de la Casa Rosada y que alguien allí escuche los pedidos. "Por la resistencia de los obreros y para que el caso Terrabusi no sea un objeto de prueba con la idea de hacer un ajuste en todos lados", afirmó el cantante en coincidencia con lo que sostienen los trabajadores. La misma consigna levantó La Malatesta, el grupo de ska que ocupó luego el escenario y que dedicó una de sus canciones, “La Pucha”, a los trabajadores, diferenciándose de los que habían tocado hasta el momento.

Bajo la vista de 500 jóvenes y militantes con banderas y pancartas, y cuando la plaza empezó a tomar más color, hizo su paso (veloz) por el escenario Palo Pandolfo. "Sigan así, aguanten. Gracias por invitarme", se despidió el trovador y le dio inicio a la recta final del show. Llegó el plato principal con el jujeño Bruno Arias, que con una campera de Kraft prestada interpretó “Vientos del pueblo”, de Víctor Jara, "para los que están resistiendo".

"Quieren manchar mi tierra con sangre obrera / los que hablan de libertad y tienen las manos negras / no me asusta la amenaza / de los patrones de la miseria", comenzaron a predicar los primeros versos de la canción, que bastaron para fortalecer la resistencia de los obreros, que miraban el show de costado. "Para ustedes, no venimos por ningún color político", puntualizó Arias antes de que en una pantalla, al costado del escenario, aparecieran cortos realizados p0r el grupo independiente de cine Mate Amargo sobre las marchas de los empleados de Kraft.

Testimonios. La Policía dentro de la fábrica. Niños y mujeres corriendo. Son algunas de las postales más crudas de los días que el conflicto lleva encendido. El mismo grupo ocupa la embestida de la Montada sobre unos pocos trabajadores, los gases y las balas de goma. "Con todo esto la empresa busca quebrar la unidad de los trabajadores", explica el delegado César García en el video. Los aplausos llegaron de inmediato. Pegadito, el agradecimiento de los trabajadores por la solidaridad de todos con la lucha. Y, finalmente, el momento del postre: El Bordo que, acompañando el conflicto como desde el primer momento, cerró una jornada de cinco horas de música y resistencia.

La Plaza de Mayo se vació. Las luces siguieron prendidas, tal como se mantiene encendida la llama de la lucha de los trabajadores de Kraft, que esperan a mañana para seguir dando pasos. Que la empresa revise los últimos 86 despidos y 35 suspensiones, es un inicio. "Aunque el objetivo es que permanezcan todos en sus puestos de trabajo", afirmó Molina.

martes, 29 de septiembre de 2009

Quinto Encuentro de Bandas Sub 21 en La Trastienda.-

Con una premisa tan clara como darle espacio donde tocar a bandas de adolescentes, el ciclo presentó a Locos de Nacimiento, Los Mini Cooper, Snifi Fondiú, Agua Roja y Circus Dei. El público fue en su mayoría familiar, las canciones prolijas y los shows cumplidores. Aunque son "chicos" para el rock argentino, algunos ya llevan cinco años sobre los escenarios y han grabado discos. Tal vez por eso entregaron un festival con energía y profesionalismo.

Por Sergio Sánchez
Fotografía de María Luz Carmona

Buenos Aires, septiembre 29 (Agencia NAN).- Aunque algunos medios de comunicación se empecinen en instalar en la sociedad el discurso de que la juventud está perdida o que los jóvenes sólo se preocupan por consumir moda, lo cierto es que un número importante de adolescentes dirige sus energías y ocupa gran parte de su tiempo en expresiones artísticas. Una muestra de ello fue el Quinto Encuentro de Bandas Sub 21, que reunió a jóvenes músicos que no superan los 21 y que tuvo como objetivo mostrar nuevas propuestas en La Trastienda.

Pese al frío y la llovizna del domingo, el público, en su mayoría familiares y amigos de las bandas, comenzó a llegar al lugar para acompañar a Locos de Nacimiento, Los Mini Cooper, Snifi Fondiú, Agua Roja y Circus Dei. Aunque se trata de grupos integrados por adolescentes, algunos ya llevan un lustro arriba de los escenarios y otros hasta grabaron discos en estudio o EPs, como Los Mini Cooper y Agua Roja.

Los primeros en subir al escenario fueron los chicos de Circus Dei, una banda que recupera el rock argentino e internacional de los 60s y 70s, pero que no se olvida de los sonidos modernos. Así, el vocalista Emilio Citro evocó a Fito Paez cuando inicio el set tocando el teclado. Vestido con una impecable camisa blanca y un chaleco gris, los movimientos y gestos del joven hicieron recordar al rosarino. Sin embargo, n Circus Dei no existen los protagónicos, sino que funcionan perfectamente como una banda que por momentos hace recordar a Kiss y luego a Soda Stereo. De esta manera, interpretaron un repertorio de cinco temas de su autoría, como “El último rayo de sol”, canción en la que el bajista Leandro Juárez se hizo cargo de la melodía vocal central.

Luego fue el turno de Snifi Fondiú, una banda de San Isidro que fusiona estilos musicales. Como en un equipo, todos cumplen su rol: el cantante Santiago Prado agarra el micrófono con violencia y pasión, el guitarrista Daniel Field se luce con las cuerdas, el batero Guillermo Sarmiento nunca desacelera y el bajista Andrés Schneir y el tecladista Alexis Popovich marcan las bases sin tropiezos. De esta manera, “Me desperté”, “Corro” y el funk “Colores” fueron algunas de las canciones que interpretaron los chicos de la zona norte de la provincia.

En esta instancia, como en un fogón, el público estaba sentado cómodamente en el piso, sin pogo ni baile ni mosh. Bajo este clima tranquilo y familiar, se corrieron las cortinas para recibir a los pequeños músicos de Agua Roja, un grupo de chicos que no pasan los 18. Pero ellos no serían los más jóvenes de la noche, aún restaban presentarse los Mini Cooper.

No importa. Ahora Agua Roja ocupa el centro de la escena. Los amigos desde abajo improvisan cánticos y arengan. Y ellos agradecen: “A todos los que siempre nos vienen a ver, aunque tengan que viajar a un lugar lejano o haga mucho frío”, se sincera el cantante Nicolás Oberti. Luego interpretan cinco temas cargados de estribillos pegadizos y ritmos al palo. La banda que completan Leandro Támola y Agustín Dándolo en guitarras, Sergio de Maussion en bajo y Lucas Zoanni batería fue una de las ganadoras del ciclo televisivo Vamos las bandas, emitido por Canal 7. Y ese reconocimiento se nota en la prolijidad de las composiciones y el desempeño en vivo.

Casi al final, se presentaron los sub 15 Mini Cooper. A más de un músico profesional le hubiese gustado tocar con su banda a los 15 años en un reconocido espacio como La Trastienda. Y ellos parecen estar acostumbrados al público masivo, los festivales importantes y los proyectos musicales reconocidos. Es que la banda integrada por Ayelén Díaz (15 años) en voz, Julia Serafín (15) en bajo, Agustín Leiva (16) en batería y Vladimir Favrot (16) y Francisco Leiva (14) en guitarras también fueron premiados en Vamos las bandas; participaron en Una celebración al Rock Argentino, producido por Lito Nebbia; y de la edición 2008 del Pepsi Music.

De esta manera, los chicos sorprendieron con un set compuesto por versiones de temas clásicos de solistas y bandas internacionales: Lenny Kravitz, James Brown y Led Zeppelin fueron los homenajeados. Sin duda, “I Feel Good” fue el que mejor sonó. En es momento, Díaz comenzó a bailar, al tiempo que Favrot y Francisco Leiva se combatían en un duelo de guitarras.

Eran casi las 21 y el turno de Locos de Nacimiento, una banda de Almagro que pone eje en los vientos y la percusión. Con letras sencillas y barriales, los chicos coronaron la noche con una presentación interesante y prolija, lo mismo que las anteriores. Porque si bien La Trastienda es un espacio que se caracteriza por tener una gran acústica, los proyectos musicales tenían un gran nivel, ya que las bandas no desentonaban entre sí y ninguna rompía el equilibrio. Todos los grupos demostraban experiencia y profesionalismo arriba del escenario. Algunos violeros se daban el lujo de improvisar excelsos solos de guitarra y los vocalistas pocas veces desafinaban.

¿Serán ellos los próximos en llenar estadios y copar las FMs? ¿Fortalecerán al circuito under? ¿Le darán aire al rock argentino? Es difícil adivinarlo. Pero lo importante es que están ahí, surgiendo, creciendo y apostante a la música. Ahora resta que todos abran los oídos. Y los ojos.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Libros: “Las grietas de Jara” (Claudia Piñeiro, 2009).-

La autora de la novela que inspiró La viuda de los jueves (que se puede apreciar en los cines) retrata en su cuarto título un matrimonio en descomposición, la rutina laboral de un padre de familia y la paranoia de una madre.

Por Facundo Gari

Buenos Aires, septiembre 28 (Agencia NAN-2009).- La teoría de los seis grados de separación bien se podría aplicar a los campos de la producción artística. Por ejemplo, cruzando el literario con el cinematográfico, es posible alcanzar un punto de encuentro entre Las grietas de Jara, la nueva novela de Claudia Piñeiro, y La pregunta de sus ojos, la más reciente de Eduardo Sacheri, ambas editadas por Alfaguara. El recorrido es simple: Piñeiro es la autora, además, de Las viudas de los jueves, título que se puede hallar también en las carteleras en la adaptación del director Marcelo Piñeyro. Haciendo a un lado la coincidencia fonológica y la posible sinonimia de los apellidos, se deberá seguir por señalar que Piñeyro, el cineasta, comparte con su par Juan José Campanella la enfática estima de los críticos, que no pocas veces los han señalado como los máximos exponentes del cine argentino actual. Si la apreciación resulta demasiado capciosa, simplemente se podrá decir que Las viudas… está en el cine al mismo tiempo que únicamente otro film realizado sobre la base de una novela argentina: El secreto de sus ojos, precisamente de Campanella, basada --y aquí se llega al otro extremo de la premisa-- en La pregunta…, de Sacheri. Para saltar toda esta parafernalia, se podría trazar una similitud más directa y esencial entre una y otra producción literaria: la impunidad de quienes contrarían la Justicia.

Las comparaciones se pueden establecer, además, retrospectivamente, sobre la obra de un mismo autor: en Las viudas de los jueves, los muertos flotan; en Las grietas de Jara, el cadáver yace bajo tierra, sin ceremonia previa. Se puede incluso señalar que mientras en la primera Piñeiro se sitúa en el luto marital de la mujer, en Las grietas… se sitúa en el del hombre, aunque sea el matrimonio el que esté en descomposición, como la vida en tanto condena, en tanto suplicio rutinario de penas y alegrías repetidas. Aquí, Pablo Simó (arquitecto, 45 años, padre de una adolescente Francisca, esposo de Laura, empleado de Borla en el estudio Borla y Asociados, admirador secreto de su compañera Marta Hovart) es el tipo con las bolas llenas, que aún no sabe que las tiene llenas o, más bien, no se puso a pensar qué hacer para dejar de tenerlas así.

La crisis laboral y afectiva parece sólo suspenderse mientras Simó garabatea en su oficina un edificio que sabe que su jefe nunca aprobará. Lo dibuja como lo hizo mil veces, con la misma cantidad de ventanas, la misma altura, la misma proyección en su cabeza: lo hará, algún día lo hará, se miente. De su casa al trabajo, de allí al café y de vuelta a casa, transcurren sus días rutinarios. Hasta que Leonor, una joven de unos 25 años, se aparece en el estudio y pregunta si alguien conoce a Nelson Jara, ese vecino que tiempo atrás reclamó por una grieta en la pared de su departamento y que terminó muerto, enterrado bajo el edificio que ahora ocupa el estudio.

Mientras todos los involucrados en la desaparición de Jara se mantienen alerta ante la aparición de Leonor, Simó la utiliza para replantear su vida, la relación con su hija --que en una escena es descubierta por su madre dándole un beso en la boca a una compañera, lo cual desata la paranoia de Laura--, el desmoronamiento del matrimonio, la relación con su jefe –-que nunca lo asoció al estudio— e indagar en la historia de Jara, ese hombre enigmático, de zapatos feos, grotesco, que aún le parece familiar: lo que sale a la luz es también una grieta, la que hasta entonces Pablo ocultó detrás de un cuadro bonito de familia unida y hombre económicamente estable.

Entre el suspenso y el trhiller, la nueva novela de Piñeiro goza de los aciertos de su antecesora: los ambientes, los paisajes y los personajes se aproximan tanto al lector que la trama se vuelve verosímil. Pero, a diferencia de Las viudas…, el final de Las grietas… deja un sabor precipitado, ansioso, que no logra digerirse al compás impuesto por los primeros tres cuartos de libro. Tal vez esa indefensión termine por reforzar un sentimiento de impunidad, que corre de un empujón al lector, lo aleja del personaje y lo deja solo, con su grieta descubierta.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La Secta: “La idea es romper el lugar del espectador, establecer contacto directo”.-

La música y el teatro conviven en el cuerpo de esta agrupación platense que hace una quincena de años realiza presentaciones performáticas y lúdicas con el objetivo de llevar la interacción con el público a la cúspide. En esa búsqueda, los espectadores toman, aunque sea de a ratos, las riendas del show. “Buscamos que cada uno se agarre de lo que quiera y dé lugar a lecturas completamente diferentes”, explican.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotografía de Daniel Ayala

La Plata, septiembre 25 (Agencia NAN-2009).- “¡Yo tengo el picaporte!”. Marcos Scafaroni grita mientras ilumina con una linterna los rostros de cinco personas. Casi sin dar tiempo a pensar, Alejandro Arecha las conduce hasta una puerta y les pide que extiendan los brazos a través de una ventana, mientras les advierte que no deben mirar. Cincuenta dedos recorren texturas y sus dueños procuran recordar que se trata de un juego, que nada malo les ocurrirá. Lejos de cualquier banda de rock tradicional, La Secta, que ya lleva 15 años de trayectoria, establece representaciones que fusionan música y teatro, en las que los sentidos cobran protagonismo y las transforman en una experiencia única: las escenas transcurren sin prisa pero sin pausa, creando miles de imágenes posibles en las cabezas del público.

“El concepto de banda de rock nunca nos pegó porque nacimos como otra cosa. Al principio, fue natural trabajar con recursos teatrales”, asegura Gastón Cingolani, el cantante de la banda, mezcla de anfibio infrahumano en el escenario y persona más que clásica durante la entrevista, que arranca cuando Agencia NAN le pregunta por la mixtura que la agrupación realiza en cada uno de sus espectáculos. Marcos, el encargado de las líneas más graves desde su bajo de cinco cuerdas, reafirma lo dicho por su compañero. “Lo actoral es fundamental y fundacional en el concepto de La Secta. Cuando empezamos a tocar, la idea era que fuéramos personajes. Es decir, que el grupo fuera un rompecotidiano para nosotros”. No se trata meramente de un conjunto teatral: el eje está puesto en la construcción de una especie de micro clima tan ambiguo que adquiere diferentes interpretaciones de sus espectadores.

Es el plano musical el que ocupa un lugar privilegiado en La Secta. Con un sonido que sienta posición entre el rock industrial y la electrónica, Marcos asegura que esa indefinición “organica y amorfa” fue la que los ayudó a encontrar un lenguaje propio. Ulises Cremonte, dueño de las programaciones en la banda, manifiesta que la música hizo “lucir” más las actuaciones, pero también viceversa. “Cuando afianzas cierto nivel musical y tocás uniformemente, se empieza a apreciar más lo otro”, asegura. “Nunca quisimos tener un lenguaje teatral ni un lenguaje musical, quisimos tener un lenguaje propio. Nos llevó muchos años de rompernos la cabeza para no quedar en lo representativo y tampoco en lo musical”, explica con convencimiento Marcos, para luego definir que ellos no son más que personajes “provocando cosas a través de la música, de la imagen y de la actuación, con el fin de crear una fantasía conceptual”.

Otra vez, como ganado arreado, los cuerpos son conducidos hasta un dormitorio a oscuras. En un rincón, un hombre está recostado mientras a su lado suena desde una radio la voz de una gallega. Parece hablar de esoterismo. “¡Yo tengo el picaporte!”. Scafaroni vuelve a gritar y, entre risas, encierra a parte del público en la habitación. Minutos después, y sin chances de resistirse, las personas acarician los brazos de Ulises Cremonte, mientras Gastón Cingolani, con los ojos pintados de negro, las induce a hacerlo diciéndoles: “Le gusta que lo toquen. Tóquenlo”. Obediencia.

Aunque muchas de las recreaciones que realiza La Secta puedan parecer ligadas a la estética y al lenguaje del sadismo y la violencia, ellos aseguran que el trabajo de la banda consiste en crear ambigüedad para que “cada uno se agarre de lo que quiera y dé lugar a lecturas completamente diferentes”. Es que quienes conforman la banda juran que uno de los grandes objetivos que tienen es crear complicidad con el espectador. “Todos tienen el poder: lo que suceda en el show es responsabilidad mía y también tuya”, sostiene Marcos, como si se tratase de una ley.

Una pareja de completos desconocidos es conducida al escenario. Ante los ojos de decenas de curiosos se abrazan, mientras Ulises los obliga, con movimientos sutiles, a acercarse cada vez más. Otro par de personas, elegido al azar, rocía a esos dos seres que, nerviosos, interpretan una escena romántica. El juego de La Secta es inclusivo. Todos los que asisten forman parte de una ceremonia en la que su participación es clave para la construcción de los mensajes. “La idea es romper el lugar del espectador, establecer contacto directo”, sostiene Marcos. Gastón añade que la ruptura del espacio está ligada a la posibilidad de “tocarse con los demás y hacer que se toquen entre ellos”. Las sensaciones se generan a partir de lo que parece poco habitual, “porque la gente está muy cómoda en la trinchera de espectador”, afirma. Son las reacciones del público las que determinan el curso de la performance. Eso es precisamente a lo que Gastón se refiere cuando dice que un recital de ellos es como “caminar por la cornisa”.

Atado con sogas que rodean su cuerpo y le limitan los movimientos, Gastón se dirige hacia su público. Se acerca, sin dejar jamás de hacer fuerza, hasta las piernas, los torsos y los rostros que lo observan con asombro. Cingolani huele a la gente, para después mirarla de frente, creando incomodidad, dejándola expuesta frente a decenas de personas. “Todos miramos a la gente a la cara, todos buscamos personalizar todo el tiempo”, señala Marcos. Recostado en un sillón, Ulises lo acompaña y explica que desde los inicios de la banda está presente “una necesidad fuerte de interactuar con la gente de una manera muy cercana”.

Gastón grita y se retuerce, mientras Ulises lo frota, acariciándole la cabeza y rozando su cuerpo. La voz de Cingolani repite sucesivamente: “Te aprieto mucho. Te empleo mucho. Te asfixio mucho”. La sucesión de imágenes en los recitales de La Secta se realiza a partir de pocos materiales: luces de colores, broches de ropa, papel filme, o simplemente hielos, toman protagonismo para, a la par de los movimientos de los músicos/actores, establecer lugares de representación. A eso se refiere Marcos cuando sostiene que la banda, luego de tantos años de trabajo, logró despojarse de gran parte de la utilería para que “el recurso seamos nosotros y no el artefacto o el efecto”.

Ningún espectáculo de La Secta es igual al anterior. Muta de la mano del público y va tomando formas diversas. Lo único que se plantean los músicos como menester antes de salir al escenario es el deseo de establecer “un punto de tensión” en el que la gente se comprometa con lo que está ocurriendo en escena. “En los shows de La Secta hay silencio, sólo se escucha la carcajada de una o el grito de otro, pero todos están mirando a la banda. Sentís que el aire no circula, que todo queda clavado”. Gastón baila como un robot completando la escena con linternas, mientras canta: “Suave, deslizante, ave resbalosa en el cielo”. Debajo del escenario, la gente sigue la coreografía, al tiempo que grita extasiada: “¡El volador, el volador!”, que es el estribillo de la canción que el cantante entona. Hacia el final del recital, después de vencer al prejuicio solapado en temor y de haber experimentado un sinfín de sensaciones, una de las mayores profecías de Marcos, como en cada show, se cumple al pie de la letra: “Acá, van a morir”.

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jueves, 24 de septiembre de 2009

El caminante de las estaciones latinoamericanas.-

Mario Dani Castillo es un joven músico que a sus 18 decidió dejar atrás los paisajes del altiplano y se echó a andar Latinoamérica con su guitarra al hombro. Hoy crea la banda de sonido del regreso al conurbano de muchos trabajadores. En paralelo, desarrolla su proyecto musical De Barrio Latino Soundsystem.

Por Facundo Gari
Fotografía de Agencia NAN

Buenos Aires, septiembre 24 (Agencia NAN-2009).- La luna abre sus brazos de luz entre los nubarrones, ilumina el cielo y, en un corte, baja hacia las candilejas que relampaguean en la estación de Longchamps, ciudad cruelmente arrullada por la ventolera helada de una noche de primavera en crisis. Mario Dani Castillo, 23 años, boliviano, baja del tren que viene del noreste con su gorra de visera corta ajedrezada, la capucha encima, la mochila enorme en su espalda, el microfonito de la oreja a la boca; y la guitarra con el satélite blanco --que ahora sí se ha perdido en el firmamento-- dibujado en la punta del mástil, colgando de su cuello. Baja con calma. Lo acompaña un pibe que lo espera a la par, que aguarda algo, aún no se sabe qué. Hasta que “El Caminante”, así lo llaman, mete su mano en el bolsillo y le extiende monedas para el bondi, dos pesos de su jornal que trueca por un billete. Se saludan con cordialidad y Mario vuelve a bajar, ahora por las escaleras, cruza el túnel hacia el andén contrario y escala hasta a la superficie. “Buenas noches. ¿Cómo anda, hermano?”, saluda al de la panchería al paso, camino a los bancos verdes de cemento, a la espera del último tren destino a Constitución de la noche, el de la una y pico de la madrugada.

Nació en Santa Cruz de la Sierra, “donde es primavera todo el año”, y desde que tuvo conciencia supo que su destino era recorrer el mundo, “conocer otras culturas”. Tal vez haya sido esa visita a Brasil que hizo hace trece años con su padre, que vive en España, la que cultivó su curiosidad, porque desde entonces no pudo detener el pie: de la zona alto andina a la llanura amazónica, de los valles secos, a Los Yungas y las serranías chiquitanas, de Potosí a Oruro, La Paz, Sucre y de vuelta a Santa Cruz. Vivió con tías, primos y amigos, buscando paisajes nativos vírgenes a sus ojos. Pronto, le fue necesario exceder los límites cartográficos de Bolivia. “Tenía 19 cuando vine por primera vez a Argentina. Fui por el Norte, haciendo mochila y dedo”, reseña sonriente, bajo una garúa de navajas que le congela los dedos justo antes de la última performance del día. El tren llega, vacío, pues nadie viaja a la metrópoli tan tarde entresemana, pero aún quedan los que vuelven a la periferia. Por la hora, deberá bajar en la estación de Banfield para interceptarlos. “No tiene sentido no conocer el planeta en el que existo. No me siento en paz si me quedo quieto”, le asegura a Agencia NAN, mientras se pone de pie y enfila hacia las puertas del tren.

Longchamps-Temperley

Su madre se llamaba Adalgisa y murió cuando él tenía ocho. “Fue en Buenos Aires, en 1994. Yo estaba en Bolivia mientras ella estudiaba Derecho y trabajaba para un abogado en una oficina de acá. Unos policías la secuestraron y asesinaron. Creo que eso le dio un nuevo sentido a mi deseo de viajar: buscar llenar ese vacío, como una terapia”. Mario pide que el asunto no se profundice. Entonces, retoma su diario de mochilero y mueve las páginas de 2005: “Esa vez no llegué a Buenos Aires. Quise, pero tuve que volver desde Salta, porque me robaron la guitarra y no tenía cómo hacer plata para comprar otra y seguir”, se lamenta aún. Si le ocurriese hoy, tampoco podría seguir: sus días comienzan en la mañana, cuidando a sus mellizas Adalgisa --como la abuela-- y Aimé, de año y ocho meses, en una casa alquilada en Longchamps, mientras su señora estudia. Cuando ella llega, comparten unos mates y charlan, a veces incluso cenan, temprano pero en familia, hasta que él toma su guitarra y camina hasta la estación.

Al ascender al tren, se coloca en la intersección de puertas y asientos y se presenta. “Voy a tocar unas músicas que a mí me gustan mucho”. Y lo que sale es una propuesta estrambótica: Mario baila al beat del reggae, se rima y se encima àlla hip hop y corea en clave reggaetón, a través de un parlantito que cuelga en su cintura. “Canto canciones que compongo, pero también covers de Vico C, El Rookie y Gerardo Mejía. Hay algunos temas evangélicos, aunque no vaya a ninguna iglesia. Dios es lo más lindo que existe, pero no quiero ser oveja de nadie.” Los sonámbulos que mecen sus cabezas según la turbulencia del vagón miran al joven avanzar a agachaditas por el pasillo. El cantante agradece los aplausos, levanta el pulgar a los gestos aprobatorios, pasa la gorra, empuña las monedas y desciende del tren, para cambiar de vagón o de andén, si sabe que le conviene ir en otra dirección. Aquella vez, en Salta, no le quedó opción, pero el destino le tuvo preparado un encuentro importante. “Fui para la frontera y conocí a mi mujer. Ella quería ir a Bolivia, entonces viajamos juntos”. A paso doble, como a todos los rumbos siguientes.

Temperley-Banfield

De Bolivia, Mario y su novia cruzaron a Puno, Perú. “La primera noche dormimos en la estación de ómnibus. Luego me puse a tocar y ella a hacer artesanías. Así conseguimos sobrevivir”. La siguiente parada fue Cuzco. Instalado en el Hotel Espaderos, Mario fue hasta un bar cercano a ofrecer sus melodías. “Se ve sobre el escenario”, lo desafió el dueño. “Toqué y me contrató para toda la semana. Incluso quiso que me quedara más tiempo, pero tenía que continuar mi viaje”. La pareja siguió por Lima. “Llegamos a La Victoria, un barrio de los más bajos, terrible, en el que no entra nadie. A la noche fui a tocar a Miraflores, que es un lugar con un poco más de plata. Cuando estábamos llegando al hotel, el taxista nos dijo: ‘Yo los dejo sobre la avenida, no entro en el barrio’. Nos hospedábamos a ocho cuadras. No quedó otra opción: nos metimos en el barrio y a las pocas cuadras cuatro personas nos cruzaron”.

El suspenso crece mientras Mario hace la pausa. Pero el final no es el anunciado: “Empecé a cantar con ellos hasta que me pidieron que espere un rato. Pensé que nos iban a chorear. Uno de los chabones se fue corriendo y trajo a un chibolo de unos 13 años, con un cajón peruano.” Otro profirió la orden: “¡Toquen juntos!”. “¡Y cómo tocaba ese chaboncito!”, se entusiasma Mario. Tanto lo impresionó que, mientras el viajero estuvo en Lima, cantante y percusionista salieron a la par a ponerle música a la jungla de asfalto. Pero llegó el momento de la despedida. “Mientras vos estés acá, nadie te va a tocar. Volvé cuando quieras que sos bienvenido”, le dijeron. Y le extendieron como obsequio una caja llena de cuerdas para guitarra: “Para tu viaje, Caminante”. “En Buenos Aires esos códigos no se encuentran fácil: los pobres se roban entre ellos”, lamenta.

Puente Piedras, las playas de Ancón, Fiori, Zarumilla, Aguas Verdes, hasta Huaquillas, ya en Ecuador, fueron del itinerario. Después, Quito. “No teníamos donde quedarnos. Conocimos a unos evangelistas que nos dieron lugar en su casa y nos consiguieron un cuartito para alquilar. Nos quedamos dos meses”. Más no podía ser: en Bolivia lo esperaba su primera hija, Melany, que tuvo a los 18, para festejar su cumpleaños. El entusiasmo de familiares y amigos por su regreso hizo sentir a la pareja a gusto y acordaron instalarse allí un tiempo y visitar Argentina en las vacaciones. Pero un imprevisto devino en cambio de planes: su novia estaba embarazada de las mellizas, que nacieron acá.

De regreso a Longchamps

Aprendió a tocar la guitarra solo, en un centro de rehabilitación. “Era muy enfermo a la cocaína. Tenía 16 años cuando vi que tenía que rescatarme. Uno se junta con cierto tipo de gente y decide probar y continuar haciéndolo. Por eso me enfermé, me volví dependiente. Pero con fuerza de voluntad me pude curar. Lo mejor de la vida es evolucionar: en el pensar y en la música”. Por eso “El Caminante” avanza, hace lo que le gusta hacer, y aunque lo caguen a trompadas en Once y reciba aprietes de vendedores sobre el tren, lo seguirá haciendo, porque es su pasión --la misma que manifiesta en la banda De Barrio Latino Sound System-- y su trabajo.

“Estuve un tiempo de repositor en un supermercado, pero me di cuenta que no era para mí estar de esclavo en un trabajo, así que preferí seguir haciendo música.” Cuando arroja los acordes finales de su recital ambulante, algunos agachan la cabeza y se esconden al paso anunciado de la gorra, tal vez avergonzados por haber escuchado lo que no van a pagar. “No quiero limosna, sino que me den lo que crean que merezco”. El tren se detiene y las puertas vuelven a abrirse. Del mástil de su guitarra a los lamparones de la estación. Y de allí, la luna otra vez al cielo.

MySpace:
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miércoles, 23 de septiembre de 2009

La fotografía como autorretrato del día a día de las sociedades.-

Las propuestas del encuentro que ofrecen hace más de diez años, una recorrida por el camino que la práctica fotográfica realizó y realiza encarnada en la trama social argentina, y la participación que tuvo y tiene en los fenómenos que la sobresaltaron son algunos de los puntos que la socióloga Silvia Pérez amplió entrevistada por Agencia NAN, a días de inaugurar la sexta edición de las jornadas de Fotografía y Sociedad, en la UBA. "Sin las nuevas tecnologías hubiese sido muy difícil hacer contrainformación mediante la fotografía", analizó.

Por Nahuel Lag
Fotografía de las V Jornadas Fotografía y Sociedad

Buenos Aires, septiembre 23 (Agencia NAN-2009).- Entender lo que pasa en el día a día de la sociedad es trabajo difícil para quien no logra hacerse del tiempo necesario para detenerse y meditar. Analizar los cerca de 150 años que la fotografía lleva como parte de la vida moderna precisaría, sin dudas, más de un debate mañanero, mate o café de por medio. Una opción para avanzar con rapidez en la historia de este arte (¿o ciencia?) sería saltar del repaso de los estudios del positivismo del siglo XIX --con el temor del fin de las artes plásticas--, al surgimiento de la teoría Crítica a mediados del XX --con Walter Benjamín a la cabeza--; luego un salto más hasta principios de la década del 60, con los análisis de Pierre Bourdieu; y un último hasta llegar, años más tarde, a Roland Barthes. Eso sin salir de Europa, pero ¿en Argentina qué pasa con la fotografía? "En el país no había un espacio donde pudiera ser abordada en un sentido amplio, que incluyera los distintos discursos de las ciencias sociales. Para 1997, la investigación en ese ámbito era casi inexistente." El resumen en retrospectiva pertenece a la fotógrafa y socióloga Silvia Pérez Fernández, que hace 12 años abrió las primeras jornadas de Fotografía y Sociedad desde la UBA. Este viernes y sábado llegará la sexta edición, en la que fotógrafos y académicos locales, de Brasil, Uruguay, Chile y México participarán de mesas de debate abiertas al público en general, que también podrá disfrutar de proyecciones.

Desde su primera edición las jornadas de Fotografía y Sociedad --que se realizan en forma bianual desde 1997, con un sólo intervalo de cuatro años hasta 2001-- tuvieron el objetivo de generar un espacio donde confluyeran fotógrafos, docentes e investigadores de las ciencias sociales. Pero, ¿cómo se explica este intento de abordar a la fotografía como objeto de estudio desde varias disciplinas de las ciencias sociales? Según Pérez, la utilización de la fotografía puede abordarse de dos maneras: como objeto de análisis y reflexión y/o como instrumento de investigación. "El primer modo apunta a la fotografía como producto sociocultural que permite hilar las dimensiones que hacen a la práctica fotográfica. Por ejemplo, la masificación que adquirió a partir de su inserción hogareña, lo que la llegó a igualar con el cine. Esa masividad la hace susceptible de un análisis desde las ciencias sociales en tanto producto y forma de prácticas culturales extendidas".

¿Por ejemplo? "Un álbum de fotos familiar es un disparador de la memoria para reconstruir un relato –continúa la investigadora--. Así, la antropología fue la primera en usarla como instrumento metodológico de investigación, en el siglo XIX, para construir el discurso positivista de entonces: el registro de lo otro, lo diferente, lo exótico, lo salvaje. En la actualidad, tomando registros periódicos en Florida y Corrientes, por ejemplo, podríamos codificar, cuantificar y analizar cómo se viste la gente en la Ciudad de Buenos Aires". Con el correr de las jornadas y el pasar de especialistas por las mesas, el espacio de debate generado desde la Facultad de Sociales llegó a ser productor de material de investigación. Por iniciativa de Fernández y con la dirección compartida con Eduardo Garaglia, las ponencias y textos exclusivos se publican en la revista-libro Ojos Crueles, que tuvo su primera edición en 2004 y este año tendrá su cuarto número.

-- Una investigación interesante es la que estás realizando para tu tesis de doctorado, acerca de la fotografía contemporánea en el período 1983-2001. ¿Qué podés adelantar?
-- Me interesó pensar cuánto de los contextos sociales y políticos incidió en las transformaciones de la fotografía en la Ciudad de Buenos Aires, el lugar del país que concentra mayor actividad fotográfica; y cómo aquellas se cruzaban con la evolución misma de la actividad, ya que a mediados de la década de 1980 aparecen con fuerza las nuevas tecnologías, después de 160 años de fotografía analógica.

-- ¿Qué se destaca del inicio de tu período de estudio?
-- A principios de los 80s, el actor social relevante en el ámbito fotográfico fue el reportero gráfico, que actuó como punta de lanza contra la dictadura. En 1981, tres meses antes de la primera acción del movimiento obrero contra el gobierno de facto, la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina (Argra) organizó su primera muestra, con el objetivo de mostrar las fotos censuradas por los grandes medios o autocensuradas por los propios fotógrafos. Algunos también se encargaron de mandar las primeras fotos de la represión a los movimientos de derechos humanos en el exterior. Aquella muestra fue para la fotografía lo que Teatro Abierto a la dramaturgia. Y con el retorno a la democracia, los reporteros continuaron siendo protagonistas de esa época de movilización en las calles y juicio a las juntas militares. En el plano artístico, hay que pensar en los fotógrafos nucleados en fotoclubes y la aparición de los fotógrafos autodenominados independientes que buscaron romper con la lógica del fotoclub.

-- ¿Y qué ocurre al otro extremo del período, en 2001?
-- Es una etapa que vuelve a estar marcada por la sociedad en las calles. Con la diferencia de que los fotógrafos ya no están nucleados sindicalmente, como era el caso de Argra. La concentración de los medios de comunicación realizada durante el menemismo absorbió la mano de obra de fotógrafos y flexibilizó la relación laboral. Los fotoreporteros perdieron fuerza política como sindicato. No obstante, empezaron a emerger grupos de fotógrafos vinculados con movimientos de desocupados. Este fenómeno cobró máxima visibilidad en 2001, cuando se podía ver hasta en la televisión a fotógrafos retratando aquellos días, muchos pertenecientes a colectivos que nacían en las calles del 2001.

-- ¿Cuánto influyó internet como espacio de difusión de ésos nuevos colectivos?
-- No hay dudas de que las nuevas tecnologías facilitaron la difusión de este tipo de fotografía porque de otra manera hubiese sido muy difícil hacer contrainformación. Una herramienta como internet se relaciona con los sectores subalternos que buscan una comunicación diferente. Esto tiene un carácter democratizador, aunque los grandes medios sigan teniendo el control del campo. Pero sí, es muy importante la vinculación de los movimientos sociales con estos grupos surgidos de manera contestataria, aunque de no haber mediado esas nuevas herramientas, habría sido más complejo que pudieran tener la relevancia política alcanzada.

-- En las jornadas hay una mesa que nunca falta: Estética y Técnica. ¿Cómo influye en ellas la tecnologización de la disciplina?
-- Si la fotografía es técnica o es arte es una discusión que está desde su nacimiento. Sin embargo, a mediados de la década de 1990, a nivel mundial resurgió la intención de entrar a museos y espacios de arte por parte de los fotógrafos. La foto se trasviste tanto como pintura, como parte de instalaciones, y también se ubica en el límite sinuoso entre video y foto. Entonces, el intento de que la fotografía se consagre en esos espacios pone a las tecnologías digitales como una herramienta potente donde la foto puede disfrazar el legado técnico y facilita el darle un tratado más similar al de una pintura que al de una imagen. Si bien hay que preguntarse qué aporta la técnica digital, lo que hace es reactualizar un debate muy viejo.

-- ¿Y qué ocurre con la técnica en épocas de masividad de cámaras digitales?
-- A nivel más popular hay que preguntarse qué va a pasar con las cámaras de compra masiva que vienen con un programa para fotografiar a la gente sonriendo (la fotografía con SmileShot será una de las ponencias) y se debe desprogramar para sacar una foto en una postura normal. Este tipo de intervención de la fotografía nos ubica en un momento de quiebre, en el sentido de que hace 15 años era absurdo pensar que con una cámara se iba a poder sacar fotos a la gente en su quehacer cotidiano o en situaciones críticas. Habrá que ver qué consecuencias traerá a mediano y largo plazo esta imposición de formatos en el consumo generalizado.

“Archivos y políticas públicas en fotografía”, “Derechos de autor”, “Fotografía y dictadura/ posdictadura”, “Fotografía y memoria”, serán las otras mesas de ponencias que podrán escucharse desde las 10 y hasta las 19 del próximo viernes y sábado. El cierre llegará con una novedad en las propuestas a debatir: “Desde hace tiempo veníamos recibiendo ponencias que posicionaban a la fotografía como instrumento desde lo terapéutico en los psiquiátricos y en experiencias de capacitación a integrantes de movimientos sociales. Y no estaban tenían lugar porque no estaban pensados en términos académicos”, explicó sobre la creación de la mesa “Experiencias de formación y producción con sectores excluidos”.

-- ¿Cuál es la importancia de este nuevo tipo de intervención con la fotografía como herramienta?
-- Permite construir un propio relato para sectores que aparecen estigmatizados por los grandes medios, que muestran la vida de los asentamientos y villas, de maneras que distan de lo que es la vida social y comunitaria en esos lugares. Además de que, en muchos casos, abren espacios de comunicación para los jóvenes, una salida laboral, o permiten conservar la historia de los movimientos.

* Las VI Jornadas de Fotografía y Sociedad ocurrirán el viernes 25 y el sábado 26 de septiembre en la Facultad de Ciencias Sociales-UBA, Ramos Mejía 841.

martes, 22 de septiembre de 2009

Ráfagas de arte contra el gatillo fácil.-

A nueve años del asesinato de Mariano Witis, el joven estudiante de música de Martínez que fue alcanzado por una bala policial mientras era secuestrado, sus familiares, amigos y compañeros realizaron en el Centro Polivalente de Arte de Martínez un encuentro "por la justicia y en contra de la impunidad y la violencia". Sus amigos y compañeros le ofrendaron un mural en una de las paredes de la escuela donde estudiaba, hubo recitales folklóricos y cerró el festival el Negro Fontova.

Por Adrián Pérez
Fotografía gentileza de Gabriela Martínez Campos

Buenos Aires, septiembre 22 (Agencia NAN-2009).- Desde la vereda de enfrente puede leerse la leyenda: "Para ayudar a que nos protejan". Es la primera línea de una publicidad colocada en Fleming 1621, en la puerta del Centro Polivalente de Arte, Danzas Folclóricas, Música y Artes Visuales de Martínez, donde Mariano Witis estudió música siete años. Dos policías "visionando" un inmenso muro con doce pantallas --como si todo fuera parte de alguna escena de The Truman Show--, y un jefe de calle de la Bonaerense dando instrucciones desde su handy completan la imagen. El cartel destaca, además, que San Isidro "amplía la red de cámaras de seguridad en la vía pública, con central de control las 24 horas, los 365 días". Paradójicamente, el 21 de septiembre de 2000, Mariano Witis no gozó del cobijo de esa fuerza cuando recibió los disparos del ex cabo bonaerense Rubén Champonois, quien por entonces prestaba servicios en el Comando de Patrullas de San Fernando. Ese día también murió Darío Riquelme, el joven que llevaba secuestrados al músico y a Julieta Schiappiro en un Volkswagen Gol. Riquelme, de 16 años, fue alcanzado por la misma ráfaga policial que asesinó a Mariano.

A metros de la publicidad, en un lateral de la escuela, hay un mural realizado en memoria de ambos: el panel central representa a unas hormigas afrocircenses que echan del Paraíso a la muerte --desaparición física caracterizada por un conjunto de huesos, en relieve, sobre el cemento-- y lo recuperan para sí. "La muerte es tan muerte que se convierte en ausencia de materia en la pared --explica Juan Cruz, uno de los artistas responsables de la obra, junto a Leonardo y Fernando--. El mensaje principal es luchar por nuestro paraíso, para recuperar la alegría cotidiana". La consigna es clara, profunda y contundente: "La memoria es el único paraíso del que no nos pueden expulsar". En eso se asemeja al encierro: aunque aprisione los cuerpos, no puede encapsular al pensamiento.

No bien el umbral del polivalente queda atrás, un halo de libertad y creatividad brota de las paredes de la galería que llega hasta la entrada del edificio principal, donde Mercedes recibe por casualidad a Agencia NAN y comenta que el festival "Nueve años de música por Justicia, contra la violencia y la impunidad, por Mariano Witis" está por comenzar. En el primer piso, extensas tiras de papel crepé con apliques de flores cuelgan del techo preanunciando que "la estación del amor" se acerca; y recordando que han pasado nueve primaveras desde que Mariano fue alcanzado por el mismo gatillo fácil que se cobró la vida de otros jóvenes víctimas de la violencia policial: Gastón Duffau, Sebastián Bordón, Natalia Melmann, Daniel Sosa, Maxi, Cristian y Adrián (fusilados en la masacre de Floresta), Emanuel Salafia, Miguel Bru, Ezequiel Demonty...

Ante un auditorio familiar y distendido, donde no faltan los chicos ni sobran los mayores, Carlos María Seta y su compañera Yolanda Lasalle despliegan un repertorio folklórico. Mientras los más pequeños juegan, el músico interpreta "El son de la dentellada", una adaptación musical de Pío Avanti (poema de Alma Fuerte) que Chacho recita desde el fondo del salón: "No te des por vencido ni aun vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo, trémulo de pavor piénsate bravo y arremete feroz ya mal herido". Un aplauso calienta el recinto, donde se cuelan, entre las ventanas pintadas, los primeros rayos de sol de septiembre. Seta cierra su performance con "Bailecito popular", pero antes de finalizar, suelta: "Mariano está presente; estudió siete años en esta escuela y durante su paso por aquí dejó su huella".

Al escenario sube una mujer pequeña que durante toda la tarde mostrará una enorme entereza. Es Raquel Witis, que no está sola frente al micrófono: la acompañan el silencio y el respeto de chicos y grandes. Con la voz entrecortada, lee una larga lista de adhesiones y destaca que el sentido del mural "es el de valorar la vida y la alegría y echar a las muertes evitables, las que se pueden terminar con un Estado responsable de los derechos fundamentales y una sociedad comprometida". Más tarde, le explicará a Agencia NAN que, luego de la audiencia del 1º de septiembre en la Cámara de Casación, espera que "resuelvan la sentencia --que consideran insuficiente-- con una pena más cercana a los 20 años, el pedido original de la fiscalía y la querella, dado que si la pena no es proporcional al daño, como afirma la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), hay impunidad".

El cierre de la tarde está a cargo del “Negro” Fontova, quien a minutos de su presentación reconoce que fechas como esta le provocan un profundo placer porque "proyectan un poco de lucha en los espacios donde hace más falta". El músico opina que "el peor de los golpes de Estado es el ‘golpe cultural’ que se está realizando muy sigilosa y peligrosamente". En ese sentido, cree que desde la cultura se genera "una buena resistencia".

-- Cuando te referís a golpe de Estado cultural, ¿en qué pensás?
-- En el avance de la derecha en todo el mundo. Como dijo Orlando Barone hace poco: "Ya se fueron tan a la derecha que se fueron a la mierda". El que no lo quiere ver es porque compra espejitos de colores: el golpe ya no se hace con cascos y ametralladoras, es mediático. Hablando con unos amigos, coincidíamos en que si no hacemos las cosas bien, en 2011 vamos a tener que irnos al exilio pero muchos más de los que nos fuimos en 1976, porque el fascismo avanza. Los planes de desestabilización, que por lo general provenían del Norte, antes llegaban de la mano de golpes armados, como pasó con el Plan Cóndor. Pero ahora son más sutiles, como el "golpe suave", el golpe mediático, que es mucho más peligroso porque hipnotiza a la gente.

Su ascenso al escenario marca el retorno de la alegría, la misma que destacaba Juan Cruz al comentar el significado del mural, ése sentimiento que también rescata Raquel, una mujer que perdió un hijo pero ganó fortaleza. Y la actuación de Fontova es un exorcismo que echa a la muerte a puro aplauso y música lo que se apodera del público durante la presentación del trovador porteño, y lo hace bailar, cantar y reír, al ritmo de "La chacarera del imposible", "Los argentinos", "La chacarera de la antropofagia" y "Jorge W.", además de sus clásicos monólogos donde la ironía es invitada segura. "Resistiré", dedicado a los padres de Mariano, es uno de los momentos más fuertes, con Jorge y Raquel Witis fundidos en un abrazo: el de la emoción.

Cerca de las 19, El Negro se despide pero tiene que regresar al escenario cuando llega el pedido clásico de "otra más". Entonces cierra el festival con "Los hermanos Pinzones" para desearles a todos que "tengan mucha suerte, sean felices, y, lo más importante, que nadie se los impida".

Mientras la noche cae lentamente sobre los techos de las casas a dos aguas de Martínez, en la parada del 60 un cartel se abraza al poste que sostiene el refugio y concluye: "Mariano Witis, músico y cantante de 23 años, rehén fusilado por un ex cabo de la bonaerense: La vida está antes que los bienes materiales. Todas las vidas valen más".

Sitio web:
http://www.marianowitis.8k.com/present.htm

lunes, 21 de septiembre de 2009

Discos: “Culpables Directos” (Culpables Directos, 2008).-

Cuatro años luego de su grabación, este disco debut presenta al quinteto de punk de garage, rock and roll ramonero y hard rock bien cerca de Bulldog, Carajo y Cabezones, pero con un sonido propio organizado por las mixturas sonoras. La temática de las canciones orilla el lugar común, pero si se le excusan lugares comunes al periodismo, el periodismo no se lo puede reprochar al punk.

Por Luis Paz

Buenos Aires, septiembre 21 (Agencia NAN-2009).- En algún momento, la culpabilidad fue cargada de sentidos negativos, abandonando su carácter original, consistente en establecer razones de causa-efecto. Seguramente haya comenzado a ser así, en primera instancia, durante la Inquisición; se haya profundizado esa carga con la formación de los estados nacionales luego; y finalmente haya quedado confirmada como una categoría detestable con el surgimiento de los tribunales, ya separados los tres poderes de las repúblicas. Pero donde en definitiva radica la tergiversación semiótica del término es en la psicología, que se ocupó de convertir a la culpa de aquel "hecho de ser causante de algo" a este "sentimiento de responsabilidad por un daño". Así, la culpabilidad es un espacio del que hay que huir. Y cuánto más directamente relacionado se está con ella, marca la Historia Occidental, peor. ¿Cómo ir contra esa gnosis? Y… está jodido.

Pero hay cosas más fáciles, como intentar describir Culpables Directos, el debut epónimo del quinteto de punk de garage y rock n' roll ramonero con el hard rock como cereza. En las diez canciones que grabaron en 2004 en los estudios Fuera del Túnel, y que debieron esperar hasta 2008 para publicar mediante Rock on Records y con el visado de la UMI, los Culpables Directos relatan desde un Yo embroncado, hundido en conflictos amatorios e identitarios, pero lejos del rock (para) depresivo(s) suenan con fuerza y precisión, a veces más cerca de unos Flema con más tiempo y plata para gastar en el estudio, otras bien cerquita de Bulldog, a veces de Carajo y en ocasiones de Cabezones. ¿Qué tiene que ver esto, entonces, con la pérdida del sentido original de la sana culpabilidad? Absolutamente, nada. Pero alguien debía quejarse aunque esté jodido.

Es contradictorio remarcar que versos como "quiero despertar de este mal sueño que está asfixiándome" no son muy singulares en las décadas que lleva el género, cuando algo de lo más festejado de Ramones sigue siendo "secundaria de rock, rock, rock, rock, rock and roll". Tonto, pero infalible lo de los flacos flequilludos, tanto como el de los otros flacos flequilludos, los Beatles y su "ella te ama, sí, sí, sí". A nivel lírico, lo efectivo de Culpables Directos, que igual cae en lugares ya con capacidad colmada, es que Ariel Estrella (también vocalista de Minoría Activa) compone con muchas vocales abiertas, lo que invita siempre a corear en los recitales donde pogo y baile hardcore conviven en la multitud de punks, skaters, alternos y metaleros.

A nivel musical, las melodías que dibujan las violas de José Braga y Fernando Berenstecher le dan aire de clásico a "El mal"; el midtempo de "Ahora sos lo que no querías ser" aporta respiro y los muestra cómodos en arreglar canciones no tan rápidas; "Ya no podés volver atrás" los expone bien hard rock; a "Oscuridad" le entran desde el solo acoplado, iluminándola con los platillos de Matías Maidana; y las líneas de bajo de Fernando López van hundiendo perfecto en el clima de "Suerte", un gran cierre para el disco, que aún así no lo es. "Sin ley", que parece casi un homenaje a lo que Flema habría podido grabar en un estudio más pro y si se hubieran abierto a escuchar más hardcore, ocupa en los papeles el acto final.

Pero el curioso que acceda al disco se encontrará en la práctica con un doble bonus track: las versiones de "Ghouls Night Out" y "Bullet" con las que tributaron a Misfits. Sí, aquellos clásicos cuyas letras simplemente proponían la obviedad eclesiástica de que "todos los demonios van al infierno" y la obscenidad laica de que "la mugre será tu desierto y mi acabada tu oasis". Tal vez ahí se pueda retomar el concepto. Es que en la inclusión de esos temas, uno vuelve a reparar en eso de que en el punk nunca importaron la originalidad temática ni la utilización retórica. Y entonces, tal vez este quinteto tenga una saludable culpa directa en hacer quedar conforme al que escucha su disco. Entonces, absueltos sin cargos y con culpas de las buenas, que sí las hay.

MySpace:
http://www.myspace.com/culpablesxdirectos

viernes, 18 de septiembre de 2009

Teatro ciego: contra el imperio de la visión.-

En una era signada por la imagen, el teatro ciego se erige como una propuesta interesante para el público: las obras no se ven, se olfatean, se oyen e incluso se tocan. El resto es imaginación. ¿Cuáles son las particularidades de este tipo de teatro que además se postula como herramienta de inclusión social para no videntes?, se preguntó Agencia NAN. Y le echó un sentido vistazo.

Por María Daniela Yaccar

Buenos Aires, septiembre 18 (Agencia NAN-2009).- En el teatro convencional, el apagón es el breve instante en el que las luces se extinguen, los actores se preparan para dar comienzo a la obra y el espectador es introducido en ese estado de ensueño necesario para llegar a la catarsis. En el teatro ciego, en cambio, el apagón es inexistente. O bien se extiende durante todo el espectáculo: lo único que está al alcance de la pirámide visual de quien lo presencia es la oscuridad total. A través de la estimulación constante del resto de los sentidos, la propuesta escénica se resume en “sentir la obra” y llevar adelante un asombroso viaje, con la imaginación como único equipaje infaltable.

El viaje comienza en las puertas del Centro Argentino de Teatro Ciego, donde hace más de un año el Grupo Ojcuro presenta La isla desierta, un clásico de Roberto Arlt, de manera no convencional. Minutos antes de dar sala, uno de los integrantes de la compañía solicita al público “tomarse de los hombros” para ingresar a un espacio que, de entrada, está totalmente a oscuras. Y, por las dudas, previene de posibles ataques de pánico: “Los momentos previos al inicio de la obra pueden ser realmente traumáticos”. Desde el comienzo del espectáculo se comprende que los sonidos y los olores son los protagonistas indiscutidos: ruidos de máquinas de escribir resonando con violencia por toda la sala y un fuerte y delicioso aroma a café anticipan que la historia tratará del hastío de un grupo de personas en la vida de oficina. Frente a la opresión y los anhelos de algo distinto, Cipriano, uno de los personajes, narrará sus peripecias alrededor del mundo como capitán de un barco sin rumbo fijo, transmitiendo un halo de esperanza con su relato.

El único antecedente de teatro ciego conocido en la Argentina es la obra cordobesa Caramelo de limón, que surgió en 1991 de la mano de Ricardo Sued. Cuando el espectáculo llega a Buenos Aires en 1994, Gerardo Bentatti, productor general de La isla desierta, se suma al elenco. Un año más tarde decide lanzarse a una búsqueda que culminará en 2001, cuando se une al actual director de la obra, José Menchaca, y queda constituido el grupo Ojcuro, que incluye actores ciegos miembros del grupo de teatro leído de la Biblioteca Argentina para Ciegos. La obra ya lleva ocho años en cartel y antes de que Bentatti fundara el Centro Argentino de Teatro Ciego, en julio del año pasado, pasó por la Fundación Konex y el Teatro Anfitrión. “La idea de trabajar con el texto de Arlt la propuso Menchaca y enseguida estuve de acuerdo, me pareció que iba a ser un éxito. Además se adaptaba a los efectos de sonido que yo había creado. Desde entonces, va in crescendo”, cuenta a Agencia NAN Bentatti, sobre los orígenes del proyecto.

Además de cumplir con su cometido de transformarse en un espacio destinado a una propuesta innovadora, el Centro se convirtió en una fuente de trabajo para no videntes y disminuidos visuales. Allí, los ciegos encuentran un lugar en donde desempeñarse como actores u operadores de sonido de los distintos espectáculos que se ofrecen (todos a oscuras), y además pueden asistir gratuitamente a escuelas, cursos y talleres de coro, tango y educación vocal, entre otras disciplinas. Marcelo Gianmarco, miembro de la compañía, reseña su propia experiencia: “Cuando comencé con la obra, fue una explosión. Me di cuenta de que además de trabajar me podía divertir”.

Para ellos, actuar implica una trasposición del poder. “En la calle, es la gente la que nos cruza de vereda. En cambio, en este caso somos los que manejamos la situación”, afirma Juan Mansilla, otro integrante del elenco. Lo cierto es que ejercen ese poder de una manera gratificante: dándole a entender al espectador la importancia de los otros sentidos en una sociedad en la que la imagen es un fetiche cultural.

Otra relación espectacular

Decir teatro ciego era caer en un oxímoron. Porque la relación espectacular siempre había implicado la interacción entre dos factores: una mirada y un cuerpo. O, más precisamente, una mirada que mira y un cuerpo mirado. En su teoría del espectáculo, el investigador en artes audiovisuales Jesús González Requena explicita claramente los elementos excluidos de esta relación: “¿Cuáles son los sentidos del sujeto interpelados en el espectáculo? Resulta fácil descartar tres de ellos: el gusto, el olfato y el tacto. Nadie habla de espectáculo cuando paladea un manjar, cuando huele un perfume o cuando acaricia un cuerpo”.

El teatro ciego no sólo se burla de estos preceptos, sino que hace de la incorporación de los otros sentidos su propia esencia. “En su vida cotidiana, la gente prioriza la vista. Durante la obra se ve obligada a estar más atenta a otras incitaciones sensoriales”, explica Mansilla. Durante aproximadamente una hora y media, el espectador es estimulado de manera constante con aromas y sonidos representativos de los diferentes lugares por donde anduvo Cipriano.

De esto último se desprende otra diferencia entre el teatro tradicional y el teatro ciego: mientras el primero pone en juego una relación de distancia y hasta de extrañamiento entre lo representado y el público, el segundo apela “a una relación de proximidad”, tal como la califica Bentatti. La invitación a la intimidad llega a su extremo cuando el teatro ciego incluye el tacto: en alguna oportunidad y tomado por sorpresa, el espectador es “acariciado” por el personaje. Y para que quede claro su enojo o indignación ante una situación, el actor puede darle un susto repentino con un grito en la cara.

El espectador y el actor, a oscuras

Al plantear esta redefinición de los términos de la relación espectacular, el teatro ciego modifica claramente la experiencia del espectador. “La oscuridad tiene mucha potencia, arrastra a lo primitivo, que es el miedo del niño a la oscuridad”, reflexiona Bentatti. Según Gianmarco, antes del comienzo del show “la gente no sabe bien qué hacer. Todos parecen niños, de repente. Se hablan entre ellos y gritan. Quizás, si los estuvieran mirando, eso no sucedería”. Ese “estado de indefensión” tiene su correlato en “una mayor entrega por parte del público”, asegura Bentatti. Un público que, sin condiciones, le entrega todo el poder a un Otro que de repente le grita en la cara o le toca la falda. “Implica una cuestión de fe. La gente confía en que no le vamos a hacer nada”, subraya.

Dentro del dispositivo sugerido por el teatro ciego, la imaginación del espectador desempeña un rol crucial. “Es un viaje”, define Eduardo Maceda, también actor de La isla desierta. Y continúa: “Exige un trabajo de la mente. Si uno habla con toda la gente que asistió a una función, probablemente note que lo que cada uno se lleva en la cabeza es una obra distinta”.

En plena oscuridad, el trabajo del actor también es diferente. “Requiere de un mayor entrenamiento, porque se basa en la disociación”, explica Benatti. Esto es: mientras la voz está en algo, el cuerpo está en otra cosa (por ejemplo, preparando un efecto de sonido). Aunque se trata de una técnica que exige “un alto grado de concentración”, también “es más relajada porque el actor no tiene por qué estar en escena. De pronto puede irse a la cocina a tomarse un vaso de agua o recostarse en el piso”.

Con todo, no es difícil dilucidar la principal dificultad de trabajar a oscuras: el desplazamiento alrededor de la sala. “La isla... es un tablero de ajedrez. Un error en el movimiento de uno de nosotros implica un error en la totalidad de la obra”, relaciona Bentatti. Para que eso no suceda, “está todo muy ensayado y memorizado”. Y hay una premisa fundamental: “Tener consciencia todo el tiempo de que no se está solo”.

Finalmente, ¿qué le sucede a ese cuerpo que está en el centro de la escena pero sin ser mirado? “El teatro a oscuras implica un abandono del narcisismo --opina Bentatti--. Yo les tengo miedo a los actores porque son peligrosos: lo único que buscan es fama”. En la misma línea, Gianmarco sostiene que “nadie quiere ser anónimo, por eso es que el teatro a ciegas no es tomado en serio. No se le da el valor que tiene”.

Algo parecido a la magia

La isla... es como un truco de magia. La gente se va con esa sensación”, sintetiza Mansilla. Y algo de eso sucede porque, al final de la función, la gente se agolpa en el hall central para preguntar porqués y cómos. Un desconcierto que jamás será saciado porque la realidad es que los integrantes del elenco actúan como verdaderos prestidigitadores: guardan todos los secretos bajo llave. “La magia es una premisa fundamental del espectáculo”, remarca Bentatti, para quien el dispositivo del teatro ciego tiene “una pata en lo cinematográfico” por tratarse de “una emulación de la realidad”.

Son los olores y los sonidos los ingredientes fundamentales para esta emulación. Respecto de los perfumantes, capaces de colmar el espacio con el más representativo aroma oriental o con un inolvidable olor a puerto, no se conoce siquiera el nombre de su fabricante. Y sobre los efectos especiales sonoros, se sabe que el creador es Bentatti, aunque se desconoce su funcionamiento. Es cierto que ambos elementos comportan un alto grado de realismo, que se interrumpe de manera abrupta cuando termina el espectáculo: es un momento chocante. Sucede que, cuando se encienden las luces, “la gente se da cuenta de que no hay tal bote ni agua ni máquinas de escribir”.

No hay nada. Sí muchas preguntas. Sí la reaparición de una pulsión escópica que, anulada durante una hora y media y ahora en estado de ansiedad, incitará a la vista a recorrer el lugar en busca de respuestas que no va a encontrar porque, tal vez ni la sala sea como la imaginación la diseñó. Lo que queda, simplemente, es un grupo de actores saludando, que trae al espectador de vuelta (y de prepo) a la realidad y que anuncian el fin de un estado que bordea la alucinación y el sueño.

* La isla desierta se presenta todos los viernes y sábados a las 21 y a las 23 en el Centro Argentino de Teatro Ciego (Zelaya 3006).

Sitio web:
http://teatrociego.org/

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sandunga: mucho más que un espectáculo de abuelas con badanas.-

A diferencia de lo que sucede en las obras de "pura" danza, las sesenta participantes del ballet compuesto por mujeres de entre 40 y 90 años basan la complicidad con los espectadores en el contacto casi concreto. Con el agregado de rutinas clown y una musicalización basada en waltses, bossa nova y charleston, las bailarinas están presentando hasta fines de octubre el show Sandunga en el Teatro Empire. En él, las "chicas grandes" regalan un cóctel a los sentidos, diversión y mucha pasión por bailar. Lo que, cuanto menos, dibuja una sonrisa difícil de borrar, sobre y debajo del tablado.

Por Ailín Bullentini
Fotografía de prensa de Sandunga

Buenos Aires, septiembre 17 (Agencia NAN-2009).- “¡¡¡Hiiiiiiilda estás hermoooosa!!!”. Desde el centro del escenario y mientras marcaba un tandieu, Hilda cazó el halago al vuelo y devolvió una sonrisa a la señora que se animó al grito. Pegó media vuelta en su lugar, siguiendo la coreografía con el resto del ballet; y bien plantada sobre las tablas, abrió la boca para bañar de canto y energía toda la sala: “Siiii, Sandunga / Desde que bailo en 40/90 / estoy danza que te danza / después me voy dando cuenta / que me ha bajado la panza”. Con ese parafraseo de una conocida tonada zapoteca --que le da nombre al espectáculo-- el grupo de 60 mujeres que atesoran sus más --o tantas más-- de cuatro décadas de experiencias vividas empiezan a hacer suyo el escenario del teatro Empire, viernes tras viernes, hasta que llegue el último de octubre.

A primera vista, Sandunga llama la atención por tener una veintena de cuadros de baile, canto y destellos de humor, interpretados por un grupo de 60 mujeres de entre 50 y 90 años, integrantes del Ballet 40/90, que desde hace 14 años dirige la profesora Elsa Agras. Es la edad de las bailarinas --y nada más que eso, a priori-- lo que genera curiosidad respecto de las características del show: un grupo de “abuelas que bailan”. Y vaya sorpresa la que estas “abuelas” dan: quien cada viernes ocupe una de las butacas del Empire, que asoma tímido detrás del imponente edificio del Congreso, se estará entregando a una experiencia encantadora. En Sandunga, las chicas regalan un cóctel a los sentidos de quien disfrute de la mezcla de capacidad artística, diversión y mucha pasión por ese “hacer arte” que es bailar y que, cuanto menos, dibuja una sonrisa difícil de borrar del rostro del público mientras estén ellas bajo las luces.

Sandunga es todo menos un mensaje de autoayuda para las mujeres que pasaron los cincuenta. Aunque, por momentos, la letra de las canciones que las bailarinas cantan y bailan lleve hacia esa conclusión. Si se quiere, la obra es una revalorización de la tercera edad, una “declaración de felicidad”, una “expresión del deseo de bailar y la alegría que eso genera; de mover el cuerpo teniendo la edad que se tenga. “No somos admirables por lo viejas; somos admirables porque bailamos”, sentenció la profesora de danza que, con 85 años, además de enseñar a “sus compañeras” de qué va eso de “la alegría que es bailar”, toma clases de Clown.

Si bien muchos de los cuadros son cantados y, en todos ellos, algunas pocas rutinas de clown buscan la identificación con el público, Sandunga es, por sobre todas las cosas, un espectáculo de danza. En él, estas mujeres de más de 50 años bailan, a lo largo de una hora y media, diferentes estilos musicales. Sobre sus zapatillas de media punta, van y vienen, giran y recorren todo el escenario; bajan a los pasillos de la sala y vuelven a escena al son de waltses, charleston, flamencos, tangos, ritmos árabes y bossa nova. Más allá de las diferencias de nivel técnico entre ellas, todas acaban compartiendo alguna de las más de 20 coreografías que conforman la obra.

La simpleza de los pasos y dibujos que Elsa Agras, coreógrafa y directora del grupo, elige para que “sus compañeras” --como prefiere llamarlas en lugar de alumnas-- interpreten, se revaloriza y adquiere una exquisitez particular cuando se observa como elemento de un conjunto mayor al que se le integra la coordinación minuciosa con la que las bailarinas se mueven y su correctísima postura. Todo aquello sin que por un segundo se borre de sus caras ese gesto particular que equivale a un “¡qué bien la estoy pasando!”. Porque no caben dudas: todas suben al escenario a mover su cuerpo porque lo disfrutan. “En Ballet 40/90 no se subestima a nadie por la edad. Ellas hacen pasos que no son fáciles, pero no se pide lo que no se puede. Lo único obligatoriamente necesario es divertirse en serio”, resumió Agras.

Sin embargo, el protagonismo de la danza como disciplina profesional y artística se desestructura en el combo que regala la obra desde que la gente se va acomodando en la sala. Muy lejos de las formas de un espectáculo de danza convencional --sobretodo los de ballet--, son las mismas artistas las que oficiarán de acomodadoras. Vestidas con el traje del cuadro inicial, que lleva el nombre del show. No bien la última persona haya sido ubicada, las chicas comenzarán a cantar desde los pasillos de la sala. Algunas se les sumarán desde las puertas laterales y otras desde detrás de bambalinas. Todas fundarán una complicidad con el espectador basada en el contacto casi concreto, cosa que no sucede en los espectáculos de “pura” danza.

Esa particularidad se verá profundizada con los ingredientes de humor que Agras sumó al show a partir de rutinas de Clown. De las 60 integrantes, son tres las que demuestran tener pasta para hacer reír. Y lo hacen riéndose, justamente, de ellas mismas. En medio del primer número, una saca del bolsillo del traje un sándwich de miga y se lo come; otras se meten dentro de ajustadas calzas y camisetas rojas y juegan a ser prostitutas, pero de las viejas y rancias. El momento más destacado es cuando dos de las bailarinas, con un manejo excelente del cuerpo y sus expresiones faciales, combinan la danza y el clown para interpretar a dos payasas tristes que, bailando, transforman la angustia en alegría. Una alegría que, como no les cabe en el cuerpo, deciden repartirla entre el público.

En cada función, Elsa es la primera en ocupar una butaca de la sala. Horas antes de que el telón se levante, bastón en una mano y un handy en la otra. Desde su asiento observará atenta cada uno de los detalles. Cuando todo esté listo, se dispondrá a saludar al público que vaya llegando. “Disfruten del show”, responderá a cada cumplido.

Las Ballet 40/90 logran que una enorme bola de energía explote arriba del escenario e inunde cada espacio del teatro, acaricie a cada miembro del público y, provocándole cosquillas, los empuje a pararse y bailar. “No es más que lo que nos pasa a ellas y a mí cada vez que nos juntamos en clase”, asegura la coreógrafa. Sandunga, como todos los anteriores espectáculos del ballet, es una producción que involucra a las integrantes del cuerpo de baile desde el arte, pero también desde el compromiso con la organización. Tanto es así que el vestuario, la asistencia de dirección y los trabajos de diseño gráfico son fruto del esfuerzo de algunas de ellas.

“El gran objetivo del Ballet es el show de fin de año --remarca Agras--. Con eso se comprometen. Porque vienen y se suman al ballet, pero de cara al espectáculo. Tienen que sentir que son tan dignas de pisar un escenario como cualquier otro artista y entender que los aplausos no se regalan, se ganan”.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Las Kellies: “Queremos que la gente baile, se mueva y se divierta”.-

Del sentido común se desprende que, habitualmente, las mujeres consiguen todo lo que se proponen. El caso de Las Kellies es una muestra más: el cuarteto de señoritas acaba de regresar de una gira a pulmón por Europa, se prepara para otra por el Norte argentino y sueña con viajar a Japón. Antes de su show a fin de mes para el público porteño, le adelantaron a Agencia NAN novedades sobre su próximo disco, debatieron acerca de la importancia de crecer como banda y definieron su ideología musical.

Por Alejandro Grimoldi
Fotografía de Sofía Lobo

Buenos Aires, septiembre 16 (Agencia NAN-2009).– Las Kellies ya no son un trío: a Ceci (guitarras y voz), Sil (batería y voz) y la británica Julia, alias Betty (bajo y voz) --todas apellidadas Kelly-- se ha sumado Sol, con su voz y una pandereta. Y si por casualidad regresase la legendaria J.J. Kelly (ex bajista), que anda probando vida en Berlín, pasarían a ser una orquesta de señoritas. Nada raro, ya que desde que comenzaron hace ya cuatro años, las Kellies fueron siempre chicas buscando divertirse y divertir, ajenas a los rigores y las reglas que suele exigir una banda y con la idea de incluir a todos en la fiesta. "Al principio armamos la banda para cagarnos de risa", admite Ceci. Betty añade: "Nos reímos de nosotras mismas porque sabemos que no tocamos bien. Es una risa que nosotras mismas generamos".

Pero pronto entendieron que se trataba de un chiste importante: "Nos dimos cuenta de que con muy poco podíamos lograr algo. Si bien era una joda, no dejábamos de buscar canciones". Así, lo que en un principio era un mero entretenimiento pasó a ser un proyecto serio para seguir divirtiéndose; como explica Ceci. Porque en definitiva, aunque no se tomen muy en serio lo que hacen, a la vez lo toman “muy en serio”.

Tanto que, a fuerza de voluntad e ingenio, salieron de gira por Europa durante julio, justo después de que salió a la venta Kalimera, su segundo disco. Pasaron por España, Francia, Inglaterra, Holanda y Alemania y el éxito de sus canciones austeras y juguetonas, cantadas en idiomas que van desde el inglés hasta el catalán, fue tal que las convenció de que es hora de abocarse de lleno a la banda. "Después de la gira nada tiene mucha importancia para mí, sólo la música", resume Betty.

"Antes de viajar, tenía miedo porque no sabía si me iba a gustar estar en contacto con la música todos los días, porque no era una prioridad para mí”, relata Ceci. Pero el constante contacto las dejó satisfechas. Con la energía y el optimismoaún presentes, las Kellies hablaron con Agencia NAN sobre sus esfuerzos, sus logros y sus deseos antes de su retorno a los escenarios locales, el próximo domingo 27 de septiembre en Libario Bar. Lejos de cualquie pose, debaten entre ellas cada respuesta.

-- ¿Cómo hicieron para armar una gira sin el apoyo de un sello?
Ceci: -- Lo conseguimos por mail, Myspace, amigos que te pasan data. No pagamos hospedaje en toda la gira, siempre parábamos en casa de amigos o de gente que no nos conocía y se copaba con la banda y nos daba un lugar. Y a cambio nosotras limpiábamos la casa. Siempre que tocábamos nos ofrecían algo de plata, en algunos lugares nos ofrecían dónde dormir y comida y bebida gratis. Igual, quisiera tener un sello porque es re limante hacer la gira, es mucha frustración, sacrificar un montón. Obvio que vale la pena, pero estaría bueno agilizar un poco más eso.
Sil: -- No sé si un sello, pero por lo menos una persona que se encargue de eso. Si el objetivo del sello es la gira, me parece que hay otros objetivos también.
Betty: -- Yo me quiero concentrar en grabar y tocar, no quiero tener que pensar cómo grabamos, cómo lo pagamos y todo eso.
Ceci: -- El sello también sería para expandir, para darnos a conocer. Quizás en diez años en la loma del culo escuchan las Kellies y yo me cago de la risa porque yo también escucho otras bandas que se tuvieron que poner las pilas para que uno las escuche. Además contribuimos a algo, a la historia del rock.

-- Más allá de las risas por tu comentario, esta gira fue histórica a su modo. ¿Qué diferencia encontraron entre el público de acá y el europeo?
Sil: -- A la gente de Europa le re cabió, mucho más que acá. Se re coparon, bailaron todo el tiempo. Hicimos que el público francés bailara, que era un desafío terrible.
Betty: -- Para mí es un poco decepcionante acá, porque ponés mucho para organizar una fecha e invitar a todo el mundo y cincuenta personas te aseguran que van y después sólo van tres. En Europa pasa mucho menos eso. Encima la primera banda empieza a las siete de la noche y vos vas a estar porque te interesa ver cómo es. En cambio acá sólo van a ver a la banda principal o a la banda de sus amigos.

-- Allá les dieron escenario, habitación y comida y hasta quisieron pagarles, ¿acá qué les pasa?
Ceci: -- Muy pocas veces tuvimos que pagar por una fecha, al principio. Pero gastamos guita en fletes, en cosas básicas que el lugar no te paga, y nosotras creemos que tenemos que empezar a pedir que nos paguen porque, por ejemplo, nunca vamos a sonar bien sin un sonidista estable.
Sil: -- Ni siquiera es guita para vivir, es para solventar los gastos.
Ceci: -- Sí, por tocar música estás brindando mucho más que un servicio. Nuestra música hace que el bar genere su plata mientras nosotras perdemos la nuestra en el flete y nos lastimamos la espalda cargando las cosas.
Sil: -- Pero si no conseguimos sello vamos a seguir tocando igual. Ya lo pudimos hacer solas, así que lo vamos a poder seguir haciendo.

El proyecto de las Kellies resuena dentro de una corriente de "bandas de chicas" como las estadounidenses Electrocute y ESG y las francesas Pussy Patrol, con quienes compartieron escenario. Si bien podría pensarse en las No Lo Soporto como referencia local, lo cierto es que ellas están en otra sintonía: "No tenemos nada que ver, ellas son más ‘serias’ y nosotras somos más ‘boludas’", dice Sil, y ruega que se destaque que lo dice entre comillas. "En Argentina no tenemos conexión con ninguna, salvo quizás con The Calefons", explica Ceci, si bien aquellas no tienen el perfil cosmopolita distintivo de las Kellies.

-- ¿Qué lectura hacen ustedes sobre el “rock de mujeres”?
Sil: -- Yo creo que suele ser sumamente ideológico y nosotras no somos nada ideológicas. Las bandas de chicas suelen ser re feministas, siempre tienen algún raye con el género. Están las bandas tipo riot grrrl (género que surgió en los noventas) que hacen bandera contra la masculinidad y, por otro lado, bandas como Electrocute que buscan explotar el género femenino, mostrar mucho el cuerpo y ser sexies en escena. Nosotras no estamos en ninguna de esas líneas, no planeamos nada en ese sentido.
Ceci: -- Sí, pero nunca va a haber un varón en las Kellies porque el varón aporta otro tipo de música.
Betty: -- Claro, no es porque estemos "en contra" de nada.

-- Pero la feminidad está puesta sobre la mesa, ¿en qué sentido la definirían?
Sil: -- Va por el lado de la simpleza: agarrar la guitarra y ponerse a hacer solos o tocar a mil la batería es re de pibe. Ese virtuosismo es muy macho, los pibes son re pajeros con el instrumento.
Sol: -- Claro, ¡es la pija! (Risas)
Ceci: -- El placer de los virtuosos es tocar con ellos mismos.
Betty: -- No están compartiendo nada.

-- Y ustedes, ¿qué?
Sil: -- Nosotras justamente queremos que bailen: desde siempre la mujer tiene algo con el cuerpo.
Sol: -- Y algo con la joda. Las chicas nos juntamos y boludeamos. Pero en el fondo también hay una idea de no ser tan femeninas, no queremos caer en la vocecita angelical tipo Entre Ríos, que igual a mí me encanta.
Ceci: -- Sí. Yo sé que somos re pibas, a veces parecemos nenas de 17 años, pero siento que por otro lado somos muy rockeras, que hay mucho ataque, es fuerte, es seco y austerísimo. Esa es la idea.

-- Compositivamente, ¿hacia dónde se dirigen?
Ceci: -- Buscamos música para arriba. Los temas se están poniendo cada vez más bailables. Y ahora en vivo tocamos más rápido.
Sil: -- No es tanto de "fiesta" sino de divertirnos nosotras. Es un sentimiento de alegría. Eso es mucho de Ceci, porque nosotras no somos tan así. Ella encara la vida con mucha energía, nosotras no tanto.
Ceci: -- Sí, trato de no meterme en la tristeza. Triste no sirvo de nada, no puedo hacer nada. La idea es todo lo contrario: generar una actividad física, algo con el cuerpo. Lo que yo más quiero es lograr que la gente baile, que se mueva y se divierta.

-- ¿El proceso de composición está orientado a eso, entonces?
Ceci: -- No sé cómo se da el proceso de composición. Creo que es natural, espontáneo, un proceso en el que cada una ya tiene sus gustos y sabemos qué va a aportar. Siempre hay alguna que tiene una letra o una melodía.
Sil: -- Tenemos re claro qué nos gusta y qué no. Tratamos de dejar fluir lo que nos gusta hacer con el instrumento sabiendo adónde queremos ir.
Ceci: -- Las Kellies es como un montón de cositas pegadas, un poco de miles de cosas de lo que a cada una nos gusta. Lo que sale es una mezcla y no nos ponemos límites.

Ese espíritu en común es el que se ha consolidado en estos últimos meses y el que fortalece y proyecta el momento que están viviendo. "En la gira, todo era las Kellies y funcionaba. Mientras la sigamos pasando así, le vamos a seguir poniendo todo lo que se puede hasta que dé", promete Sil, antes de aclarar que próximamente se mudarán juntas a la Casa Kelly. "La idea es concentrarnos en la música y expandir el mundo musical", añade Ceci, relacionando el hecho con que "la banda está en un momento en el que hay que ponerle mucha concentración y energía, porque si no no va a crecer. Mientras más alto aspiremos, más vamos a conseguir; no sé bien cómo, pero todo lo podemos".

El futuro de la banda tiene varios frentes. Por un lado, un tercer disco, para el cual ya tienen casi listos unos 7 u 8 temas. Por otro --el más próximo--, una gira por el norte argentino, con fechas “bastante seguras” en Tucumán y Formosa, y quizás una en Mendoza. Mientras que la idea es sumar otras en Santiago del Estero o Salta, cuenta Sol. Pero el objetivo más ambicioso --y no por eso menos posible-- es un viaje a Japón: "Estamos pensando en hacerlo pero todavía no hay nada concreto. Hay un contacto, cosas pueden suceder. Es una fantasía que vamos a realizar". Teniendo en cuenta sus antecedentes, no suena para nada descabellado.

martes, 15 de septiembre de 2009

Libros: “Lejos de Berlín” (Juan Terranova, 2009).-

Una austríaca le pide a un alemán que se hace pasar por sueco que investigue un triple crimen en Argentina. El alemán que se hace pasar por suizo es un espía nazi disfrazado de fotógrafo, devenido circunstancialmente en investigador durante el amanecer peronista.

Por Esteban Vera

Buenos Aires, septiembre 15 (Agencia NAN-2009).- El arribo de nazis y colaboracionistas a Argentina es el hilo conductor del relato en Lejos de Berlín (Aquilina), la flamante novela negra de Juan Terranova, cuya trama está anclada en el invierno porteño y peronista de 1946. Todo comienza con el triple crimen de un productor teatral y dos bailarinas en un departamento de la calle Córdoba. Cerca de ese lugar, en una pensión de Monserrat, vive hace tres años Louis Danton, un fotógrafo suizo de 36 años. Pero no se llama Louis Danton. Tampoco es suizo ni fotógrafo. Es un espía nazi varado en Buenos Aires desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el SS Sturmbannfürer Bruno Ritter, que duda entre adoptar la identidad suiza o continuar siendo un oficial del destruido ejército alemán.

Una de sus actividades “era sondear el terreno para una posible fuga” de Hitler. Pero con la caída del Tercer Reich y la falta de instrucciones y dinero, Ritter comienza a espiar a militantes comunistas para el gobierno de Perón. La rutina cambia, drásticamente, cuando recibe un encargo: la viuda del productor de teatro asesinado, la austriaca Ingrid Karl-Mayer, le pide que investigue qué pasó con su marido. A partir de entonces, la trama avanza sobre la resolución del enigma, con una rica contextualización política de aquellos años. De esta manera, Ritter se convierte en un testigo del surgimiento del peronismo y la polarización de la sociedad, que comenzaba a manifestarse.

Mediante diálogos entre el SS y un militante del Partido Comunista (PC), se aborda el movimiento peronista, desde una perspectiva que cuestiona a la clase media porteña. “Perón modifica la relación de dependencia del peón respecto al patrón, clausura el estilo paternalista del campo, saca la discusión política de la fábrica y la pone en la radio, en la esquina, en la calle, en la plaza… Es un hijo de puta. Y nosotros seguimos discutiendo pelotudeces”, cuestiona a sus pares el comunista. Lo cierto es que durante la década peronista (1946-1955) hubo muchas mejoras en las condiciones laborales y en la legislación social.

Con la publicación del nuevo título de la colección "Negro absoluto" (dirigida por Juan Sasturain), se podría plantear un paralelismo con la actualidad política del país. En la novela, Perón es acusado por la izquierda y la oposición de fascista e ideológicamente afín a Hitler. Ahora, el matrimonio Kirchner es acusado de fascista e ideológicamente afín al presidente venezolano, Hugo Chávez (un Chávez demonizado). En Lejos de Berlín, el PC acusa al General de tirano, de atentar contra la libertad. Cerca de Buenos Aires, la oposición sale con tapones de punta a sostener que el gobierno nacional intenta amordazar a la prensa con un proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual. Y los paralelismos siguen.

Volviendo sobre el policial, está dividido en dos movimientos: el primero narra el presente del SS Ritter en Buenos Aires, mientras el segundo cuenta brevemente la formación del nazi en Alemania. Ya en Argentina, en medio de la investigación, descubre que la llegada de nazis al país fue facilitada por una red clandestina: un negocio determinado por dos bandos pugnantes y la Iglesia Católica.

En el marco de la trama, Ritter deja de ser un nazi aberrante, como se podría esperar, para ser uno bueno o uno no tan malo, si tal cosa fuese posible. Así, se rompe con las expectativas del lector de encontrar a un oficial de las SS en el rol de villano: Ritter es el antihéroe.

En resumen, se trata de una novela negra cruzada por referencias políticas. Entre las notas negativas, hay algunas variaciones en el registro utilizado, errores de concordancia y varios yerros de ortografía, desprolijidades que no atentan contra la lectura.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Dios los cría y la FLIA los junta.-

El sábado pasado la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA) se mudó a La Plata y reunió en una cuadra fanzines, libros, ropa y comida de todos los colores. Además, hubo FLIITA para los pequeños, con espectáculos de clown y malabarismo, y recitales de Sr. Tomate, Vatangueando, Primer Hombre Internacional y Tropel bajo las estrellas.

Por Guillermina Watkins
Fotografías de Sergio Otero

La Plata, septiembre 14 (Agencia NAN-2009).- El sol se apoya plenamente sobre el Boulevard 60 que, a las dos de la tarde de un sábado, tiene más vida que cualquier día hábil. En uno de los barrios céntricos de La Plata, la quietud del fin de semana se ve agitada por las decenas de personas que ya están en sus stands para darle rienda suelta a la primera Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA) de la ciudad. El día arranca temprano porque si algo le gusta a los platenses, es pasear y encontrarse en una fecha multidisciplinaria como ésta. Más, si de aire libre se trata.

La FLIA se desarrolla en el Centro Cultural Olga Vázquez --una escuela abandonada, que en 2004 fue tomada por el Frente Popular Darío Santillán y hoy tiene un amplio desarrollo en el campo cultural y de la economía solidaria-- en un clima de total calidez. Familias, estudiantes universitarios y trabajadores se acercan al boulevard en busca de nuevas propuestas literarias y se encuentran con ¡todo!: libros artesanales con tapas pintadas de la editorial Eloísa Cartonera, papeles y más papeles con poemas y frases sueltas, libros objetos, poemas para llevar, poesía urbana, poesía para tirar, romper, regalar, fotopoesías, fanzines, revistas, ropa y más, mucho más, conviven en el evento cultural que nació en 2006 con el objetivo de dar a conocer el campo fértil de la producción literaria y artística independiente y alternativa.

La “hija pródiga” de La Plata sigue los pasos de sus antecesoras porteñas: “No encerrarse sólo en la producción literaria, sino hacer convivir diversas expresiones artísticas que utilizan la palabra escrita y otros lenguajes, y poder mostrar todas esas producciones que en La Plata están sueltas, desperdigadas, y siempre es necesario reunir para mostrar a la gente qué está pasando”, asegura a Agencia NAN Pablo Castro, miembro del Galpón Cultural de Tolosa, una de las organizaciones que coordinan la FLIA, junto al Olga Vázquez, Arte al Ataque, el Centro Cultural Vieja Estación, el Galpón Cultural La Grieta y los editores y escritores independientes de la región.

“De pronto, los platenses comenzamos a encontrarnos en la FLIA de Buenos Aires y nos dijimos: ¿por qué no hacerla acá y convocar a los artistas de toda la región? Así como pasa en Capital, nuestra idea es ir asentándonos en paradas que estén en peligro de desalojo o casas tomadas o en lucha: la última edición porteña fue en el IMPA; hubo otra en la Villa 20, de Lugano, que está siendo asediada por Gendarmería. Acá hay varios de esos casos, así que ya estamos pensando en la segunda edición, que será cerca de fin de año”, anticipa Castro.

Uno al lado del otro, los puestos de editoriales independientes como Vomitarte, Pixel, Colección Chapita, Poesía Urbana, Revista Qué, Colectivo de Arte de Alejandro Korn, Putópico, Grupo La Grieta, La Sudestada, Morosophos, entre otras, toman la calle y la convierten en una fiesta colorida. En una de las esquinas, un perchero con vestimenta de diseño y un espejo improvisado son atacados por varias mujeres que hacen de esa intersección un probador de ropa. Muy cerca, un payaso invita a la gente a vestir sus atuendos y a degustar las comidas que los feriantes han cocinado. Agitado debajo de su peluca azul, cuenta que “no queríamos que el formato libro limitara la convocatoria, por eso hoy tenemos esta parte de la ciudad casi repleta”.

Sobre la vereda del Olga, un grupo de artistas plásticos realiza serigrafías sobre papel y remeras con la inscripción de la FLIA, para que los participantes puedan llevarse un souvenir. Frente a éste, una mini tarima recibe a diferentes poetas y narradores, que leen sus textos ante el público caminante. Un grupo de niños también se apropia del micrófono y comienza a cantar cumbias. Después de ellos, un colectivo de teatro independiente realiza una performance que logra que mucha gente deje de hacer lo que estaba haciendo y se nuclee a observarlos. En el piso, una pareja de artesanos los mira mientras toma cerveza.

Adentro, en una de las habitaciones del centro cultural, comienzan a sonar algunas guitarras, mientras pequeños grupos de personas van y vienen, histeriqueando entre tanta propuesta artística. El espacio se inaugura con las canciones tiernas de Ale, de Sr. Tomate, y es secundado por Poli, su compañera de banda. A los dos integrantes de una de las agrupaciones más escuchadas de la ciudad lo siguen Lautaro Barceló, Pablo Nardo, Sebastián Coronel, Ezequiel Chaerer, Pablo Matías Vidal, Seba Lindo y El Torito Baldasarri & Compinches: en La Plata no todo es rock.

Muy cerca de ellos, en el patio a cielo abierto del Olga, la FLIITA comienza a funcionar. El espacio pensado para los más chicos cuenta con espectáculos de teatro, clowns y muchos chistes para entretener a los pequeños, quienes comienzan a probar qué se siente ser malabarista por un día. Subiendo las escaleras al segundo y tercer piso, las muestras de varios artistas plásticos y fotógrafos de la ciudad inundan los pasillos de color, mientras que en otro cuarto muy cercano se proyectan cortos y diapositivas de realizadores platenses como Pixel Multimedia, Silbando Bembas y Auto Crítica.

A las diez de la noche, los puesteros comienzan a levantar pero la FLIA no termina. Entre panes rellenos y los clásicos choris, la gente se reúne a la vera del escenario dispuesto en el patio del Olga para esperar que, después de la medianoche, Sr. Tomate, Vatangueando, Primer Hombre Internacional y Tropel coronen la noche con sus melodías.

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