El último eslabón de cinco generaciones enlazadas a las artes circenses
nacionales, Jorge Videla –también uno de los referentes de la Escuela de Circo
Criollo--, charló con Agencia NAN acerca los matices y los cambios contemporáneos
que envuelven a un mundo que es cirquero de tradición. Afirmadas en la defensa
de una identidad de antaño, sus palabras recuerdan, pero también critican modas
que licuan y “hacen negocio” de lo que para él representa una “filosofía de
vida”.
Por Daniela Rovina
Fotografía Tomás Ballefin Benites
Buenos Aires, abril 6 (Agencia NAN – 2012).- “Te voy a cambiar toda la
mentalidad sobre el circo”. Arrancar una entrevista con esa premisa pone en
riesgo la capacidad de retención de cualquier cinta de noventa minutos. Claramente,
esta limitación técnica impone condiciones difíciles de esquivar. Pasada esa hora
y media, sólo restan los garabatos en papel y lápiz, letras ilegibles colgadas
de los renglones, entre otro sinfín de recursos que registren con fidelidad las
palabras del entrevistado. Inexorablemente la frase planeta un desafío: rediseñar
una mirada del mundo circense empastada por gruesas capas de fantasías
contradictorias -de esas que se deslizan entre la magia del espectáculo itinerante
y las inclemencias del carromato
rodante- y lograr que esas transformaciones quepan en un solo TDK cuyo tiempo
de vida (y de muerte) se conoce de antemano.
Otros dos obstáculos atascan en simultáneo (a veces también lo
deforman) el diálogo con Jorge Videla. El primero consiste en un irresistible desvío
histórico allanado por cinco largas generaciones familiares al frente de la
Escuela de Circo Criollo, la primera de su tipo en el país (ubicada en Capital
Federal) y la segunda en América (la primera es cubana). Una emblemática tradición
cirquera nacida cerca de 1890, cuando Simón, abuelo de Jorge, decidió unirse a
una compañía circense en un apoteótico escape del seno de una familia “de
alcurnia” de la provincia de Mendoza. Ese desvío, una de las tantas bifurcaciones
que agrietan el eje de la entrevista, es nada más que un grueso brazo colector
del que se desprender miles de relatos, anécdotas desempolvadas en fotografías
en blanco y negro, papeles amarillos de pasado, programas y libretos de
espectáculos exhaustos de rodar.
El segundo desafío consistirá en sortear aquellos instantes de
dispersión con los que desafía constantemente e intentará “dar vuelta la
cabeza” de esta cronista. Desde el principio, fue evidente que para hablar de
la convivencia de la carpa tradicional con espectáculos de última generación
adaptados a las exigencias de la industria cultural; la defensa de una
identidad circense licuada y reprocesada con la aparición de espacios de
aprendizaje y formación apartados de la tradición familiar; y la resistencia (o
no) de la “gente de circo” a esas flamantes modas que ponen en jaque los
secretos de su “filosofía de vida”, una cinta de noventa minutos era
insuficiente.
En estado de desesperación y arrebato, Jorge corre y gesticula con desmesura
y desparpajo. Camina de un lado al otro buscando más pruebas que documenten su
centenaria trayectoria a bordo de las carpas de lienzo (o lona). Pero lo
engorroso de mantener una conversación regular con Jorge Videla no es seguirle
el hilo. Por el contrario, es idílico escuchar a alguien que toda su vida
(acusa 72 años) trabajo de lo que siempre quiso y que, aún, le brillan los ojos
cuando habla de su familia, de su forma de vida. Engorroso es acotar décadas de
circo en su especialidad criolla a sólo algunos interrogantes. Y la memoria de este
ex acróbata, ex actor y referente cirquero es una máquina de abrir agujeros
negros en los que se pierden preguntas puntuales. Él, la historia de los Videla,
su circo criollo inundado de gente volando en trapecio, de cuerpos que se
sobredimensionan al caminar por la delgadez de un alambre. Todo pone a la
atención en peligro de extinción.
Acompasado, entonces, por los ejes que Agencia NAN le propone, Jorge se
arroja a la pretensiosa empresa de esquematizar algunas nociones sobre la
actualidad de este arte de antaño en una lucha por no caer indefinidamente en
los agujeros de la pasado. El resultado: una conversación despatarrada, por
momentos denuncia, a veces crítica, pero también memoria…
--¿Cómo se inicia el tradicional circo criollo en Argentina?
--La palabra circo criollo remite a una forma de hacer un espectáculo y
arranca con el circo de los hermanos Podestá en 1886, cuando (también) comienza
el teatro nacional argentino. Ya había como 40 o 50 circos en aquella época. En
ese entonces, los Podestá representaban en mimo la historia del gaucho Juan
Moreyra. Hasta 1886 no existía nada hablado en castellano en espectáculos. No
había nada nacional. Esa forma de hacer teatro se denominó circo criollo, o
circo de dos partes, porque los Podestá eran criollos, eran hijos de italianos.
No existió en el mundo un espectáculo de dos cosas distintas: circo y teatro.
La primera parte fue circo. Luego lo seguía un intervalo. Y (en la segunda
parte) los mismos artistas se convertían en actores para representar sus obras.
En ese circo entró mi abuelo en 1890. (Tiempo más tarde) a la acción le
pusieron la palabra y así nace el teatro nacional argentino. Hoy los mismos
actores reniegan de su origen y de la palabra circo. Se ve al circo como un
arte menor, pero el primer espectáculo antes del teatro fue el circo.
--¿Y desde ese entonces, el circo desarrolla nuevas formas de ponerse
en escena?
--No podemos hacer circo como en 1800. No son nuevas formas, se va adaptando
a la época. El circo siempre se fue adaptando a la época. Se va modernizando. No
se queda con ningún elemento del pasado, no existe eso. Fue creciendo y
modernizándose. No me voy a vestir de gaucho ahora.
--¿De qué manera conviven los espectáculos tradicionales con las nuevas propuestas adaptadas a la industria cultural, como la del Cirque du soleil?
--No hay dos formas de hacer circo. Para nosotros el Cirque du soleil
no es circo. Es una empresa que hace un espectáculo tomando cosas del circo,
cuenta un show, con toda la tecnología moderna y luces digitales, porque
estamos en el 2000. ¿A quién no le gustaría hacer eso? Pero cuesta como 100
millones de dólares. No reconoce al circo porque no son del circo. No son de
familia de circo. Un tipo que tiene guita arma un espectáculo y contrata al
mejor trapecista. Lo que hace el Soleil ahora (las puestas en escena con más de
30 artistas) lo hacíamos nosotros hace 40 años. Después está el circo al que le
dicen tradicional, a mi no me gusta esa palabra.
--¿Por qué no definirlo como tradicional?
--El circo siempre fue tradicional y siempre fue moderno, se fue
adaptando a la época. ¿A qué le llamás tradicional? ¿A qué no tenga animales
(por ejemplo)? Este es el único país que no deja que los circos tengan
animales. En otros, los circos llevan un zoológico ambulante. ¿Por qué no van a
decirle al hipódromo que sacrifican a los caballos, que les pegan para que
corran, que los dopan? ¿Por qué no paran la doma? Porque es parte de la tradición.
¿Cómo vamos a maltratar a los animales? Tenés un capital (invertido) ahí. Se la
agarran con el pobre circo que cría animales.
--¿Cómo se sobreponen los espectáculos de menor presupuesto a esas exigencias y a la competencia con shows de última generación?
--No existe la competencia, cada uno pone lo mejor que tiene, no
compite nadie con nadie. El dueño de un cirquito se la juega solo, no recibe
ayuda del gobierno. Al circo no le dan nada, acá se mueven sin subsidios. Vas a
cualquier circo grande y todos tienen camiones modernos y las carpas son
calefaccionadas, antes te cagabas de frío. Cada uno se moderniza de acuerdo a
la plata que tenga el empresario.
--¿No se destinan partidas presupuestarias para las compañías circenses?
--En otros países del mundo si protegen a los artistas, pero acá no. No
permiten que entre ninguno en Capital. Sólo circo extranjero (como el Soleil). El
Servian está en San Isidro y el Rodas en Avellaneda. Eso nos da dolor en el
alma. No nos creemos el ombligo del mundo.
Pero ¿por qué se la agarran con los circos, por qué están discriminados
los circos en la argentina, qué mal hacen? Cuando ibas a la Municipalidad y a
las Secretarías de cultura y decías “voy a poner una escuela de circo”, te
vomitaban en la cara. Siempre el circo (representó) a los animales muertos de
hambre, la miseria, la gitanería. Esa es la imagen que la gente tiene del circo
en este país.
--Después de varias generaciones, ¿cómo preserva su identidad la “gente de circo”?
--Eso es por lo que luchamos, en esta escuela se mantiene esa
identidad. Nosotros luchamos por la identidad de ser artistas de circo. El
circo es una filosofía de vida. No es un trabajo. Es una forma de vivir. Vamos
a ver cuánto dura este movimiento. El Solei es uno solo que anda ‘hueveando’
por todo el mundo. No tienen nada que ver con el circo. Al circo puede ir la
madre, el chico, el abuelo y tiene un código, una ética. Por eso es para todo
público, históricamente no tiene nada que ver con la violencia o con la
pornografía. Por eso hay que respetar y cuidar al circo, (para) defender las
tradiciones.
--¿De qué forma se adaptan esas “tradiciones” a la moda de los talleres y galpones de circo alejados de las compañías familiares?
--La tradición del circo en todas las partes del mundo se enseñaba de
padres a hijos. Luego vino ese asunto de las escuelas, esta (por la Escuela de
Circo Criollo) es la primera de la Argentina. Cuando recién empezábamos no fue
por querer montar la escuela. El motivo fue otro. Veíamos que entraba gente
distinta al circo, mucha gente nueva. La familia de los camioneros, de los que
vendían garrapiñada, de los que sacaban fotos. Y los artistas argentinos en la
década del ochenta, cuando el país estaba bastante mal, se iban a México,
Estados Unidos, países en los que se pagaba en dólares. Con mi hermano (Oscar)
pensamos que había que formar nuevos artistas porque faltaba gente. Además, la
familia de circo numerosa no existía más. Quisimos revertir ese proceso y después
resulta que nos pasamos…
--Y las nuevas escuelas…
--Han hecho del circo una moda. En vez de formar artistas, forman
profesores que no tiene ni idea de lo qué es el circo. Lo han hecho como un
negocio, hasta que lo quemen. Porque no son artistas, no lo llevan en la
sangre. Creen que hacen circo y ni siquiera saben si el circo es redondo,
cuadrado. No son escuelas, son talleres. La palabra escuela es muy seria para
nosotros, implica una formación integral. No enseñan a ser artista. Traspasan
trucos, nada más. El circo es una
filosofía de vida. Hay que vivir en el circo, abandonar la familia, dormir en
una casilla rodante, pasar frio, calor, la lluvia, el barro. Andar en caravana.
Eso es el circo. No hacer un evento. Hacés circo cuando estás trabajando en el
circo. Si no estás usando una técnica para ganarte el mango, pero no sos
artista de circo.

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