La documentalista Marcia Paradiso quiso contar en imágenes los talleres artísticos y productivos que la organización social Yo no fui desarrolla para las mujeres de la prisión de Ezeiza y acabó superándose a ella misma. Lunas cautivas, o la historia de vida de tres vidas atrapadas entre rejas, se estrenó en el marco del festival DerHumALC, con debate y todo.
Por
María Daniela Yaccar
Fotografía
gentileza LC
Buenos
Aires, mayo 29 (Agencia NAN-2012).- La poesía
como libertad en potencia y el cine como herramienta de conexión con
el afuera: eso es lo que se puso en juego en la proyección de Lunas
cautivas, historias de poetas presas, un documental de Marcia Paradiso,
el jueves pasado en el marco del Festival Internacional de Cine de
Derechos Humanos. Ese día, internas de la Unidad 31 de la cárcel de
Ezeiza llegaron transportadas por el Servicio Penitenciario
Bonaerense al Gaumont para verse a sí mismas en la gran pantalla, en
una película que retrata la experiencia de los talleres de poesía
que coordina allí la asociación civil y cultural Yo No Fui. Además,
pudieron dialogar unos minutos con el público, completamente
emocionado. Si esa fue la sensación general es porque el audiovisual es más
que un documental: es una mirada más sensible que informativa sobre
una temática poco explorada, la de la relación entre las rejas y el
arte.
En
esa relación, es la poesía la que marca el compás de la historia.
Es evidente que Paradiso no se conformó con darle difusión a una
iniciativa artística, a cargo de la voluntaria María Medrano,
queridísima y muy reconocida en el mundo del arte carcelario, cada
vez más y más grande. Claro que un objetivo como aquél hubiera
sido válido, pero el producto final lo supera ampliamente: la
película profundiza en tres historias de vida, la de Lidia, la de
Majo y la de Liliana Cabrera, a partir de sus escritos. A la
directora le interesaron tanto las palabras como los rostros, las
miradas, los pies de algún chiquito criado en la cárcel o los
atardeceres. La poesía, en Lunas cautivas,
es palabra y es imagen. Y es por eso que se corre --como bien lo
señaló una espectadora en el debate post-proyección-- del formato
de documental tradicional.
“Ahí están”, exclama María, una verborrágica mujer que espera en el hall del cine a sus viejas compañeras de la Unidad 31. Mientras, aprovecha el tiempo para conversar con Agencia NAN. “Este documental me encanta. Es una manera de que la gente que ignora lo que sucede dentro de una unidad pueda conocerlo”, define. Y elogia, como también lo hará Mónica, el trabajo de Yo No Fui, que da talleres artísticos y productivos tanto dentro como fuera de la cárcel. A Mónica, bien acompañada por su hijo, nuera y nieta, le costó más venir. La libertad es suya hace nueve meses y todavía está “tratando de volver”. Pero antes de que el reloj diera las 17, se dio cuenta de que necesitaba ver a María, a Marcia y a “las chicas”. “Recién estoy comenzando a volver. Vine porque tengo una compañera que es como mi hija, Lidia”, explica. Más tarde se dará un rotundo abrazo con la hijita de Lidia, que la llama “abuela” y que aparece más de una vez en el film. La pequeña generará suspiros en la platea una vez abierto el debate, que fue, más que eso, una charla que el público se dispuso a escuchar.
“María es un pilar muy fuerte en mi vida --continúa Mónica--. Estoy viva por ella.” La frase no es exagerada. “Cuando salía con frío de la unidad ella me esperaba con un caldo caliente. O en mi cumpleaños, con una torta.” El hijo de Mónica corrobora lo que ella dice: “Medrano les dio una nueva oportunidad a las internas. Pero una sola persona no puede cambiar el mundo. El Gobierno debe generar oportunidades laborales.”
“Ahí están”, exclama María, una verborrágica mujer que espera en el hall del cine a sus viejas compañeras de la Unidad 31. Mientras, aprovecha el tiempo para conversar con Agencia NAN. “Este documental me encanta. Es una manera de que la gente que ignora lo que sucede dentro de una unidad pueda conocerlo”, define. Y elogia, como también lo hará Mónica, el trabajo de Yo No Fui, que da talleres artísticos y productivos tanto dentro como fuera de la cárcel. A Mónica, bien acompañada por su hijo, nuera y nieta, le costó más venir. La libertad es suya hace nueve meses y todavía está “tratando de volver”. Pero antes de que el reloj diera las 17, se dio cuenta de que necesitaba ver a María, a Marcia y a “las chicas”. “Recién estoy comenzando a volver. Vine porque tengo una compañera que es como mi hija, Lidia”, explica. Más tarde se dará un rotundo abrazo con la hijita de Lidia, que la llama “abuela” y que aparece más de una vez en el film. La pequeña generará suspiros en la platea una vez abierto el debate, que fue, más que eso, una charla que el público se dispuso a escuchar.
“María es un pilar muy fuerte en mi vida --continúa Mónica--. Estoy viva por ella.” La frase no es exagerada. “Cuando salía con frío de la unidad ella me esperaba con un caldo caliente. O en mi cumpleaños, con una torta.” El hijo de Mónica corrobora lo que ella dice: “Medrano les dio una nueva oportunidad a las internas. Pero una sola persona no puede cambiar el mundo. El Gobierno debe generar oportunidades laborales.”
Ésa
es una de las funciones del arte dentro de los penales: cambiar,
aunque sea por unos instantes, ese difícil micromundo. En la
película, las internas se ríen de lo que ellas escriben --“es un
final de mierda”, dice, por ejemplo, María--, aplauden lo que
escriben otras, se conocen más a partir de la experiencia de ponerse
en palabras. Se descubren como artistas, como es el caso de Cabrera,
que dentro del penal fundó la editorial Bancame y punto y que ya
tiene un libro publicado, Obligado Tic Tac.
“Escribir me salvó la vida”, dirá Lili, como todos la llaman,
al momento de hablar con los espectadores. “Adentro de la cárcel
encontré mi vocación.”
Para ilustrar el universo carcelario y su conexión con el arte, Paradiso --que presenció los talleres durante dos años-- eligió tres casos prototípicos: el de Lidia, una madre; el de Majo, una extranjera; y el de Cabrera, una mujer que lleva mucho tiempo tras las rejas. Y se concentró tanto en el trabajo de los talleres como en “la informalidad” que se erige a partir de ellos, como le cuenta a Agencia NAN. La película cruza los resultados finales, es decir, las producciones de las chicas con los comentarios y los debates que se generan a partir de ellas. “Quise mezclar el universo literario con el cotidiano”, explica la directora. Así, el espectador puede conocer la sensación de Lidia ante sus salidas transitorias --“cada vez que salgo quiero volver, tengo un acostumbramiento a la soledad: el alrededor te abruma” --así como también cómo vive el momento en que recupera la libertad. O cómo Majo quiere reconquistar a sus hijos. O la dura vida de Lili, que escribe como los dioses.
Para ilustrar el universo carcelario y su conexión con el arte, Paradiso --que presenció los talleres durante dos años-- eligió tres casos prototípicos: el de Lidia, una madre; el de Majo, una extranjera; y el de Cabrera, una mujer que lleva mucho tiempo tras las rejas. Y se concentró tanto en el trabajo de los talleres como en “la informalidad” que se erige a partir de ellos, como le cuenta a Agencia NAN. La película cruza los resultados finales, es decir, las producciones de las chicas con los comentarios y los debates que se generan a partir de ellas. “Quise mezclar el universo literario con el cotidiano”, explica la directora. Así, el espectador puede conocer la sensación de Lidia ante sus salidas transitorias --“cada vez que salgo quiero volver, tengo un acostumbramiento a la soledad: el alrededor te abruma” --así como también cómo vive el momento en que recupera la libertad. O cómo Majo quiere reconquistar a sus hijos. O la dura vida de Lili, que escribe como los dioses.
Abrazadas
frente al público, ellas tienen muchas ganas de hablar. Y los
espectadores, de escuchar. “Los talleres de poesía son mi espacio
de libertad”, define Lili. “Yo participé poquito de la película,
pero mucho en el corazón de mis compañeras”, expresa Mónica. “Yo
soy la más parlanchina --advierte María--. Escribir en ese momento
fue un cable a tierra. Me dejó ver que no hay reja, no hay nada que
pueda detener las palabras o el pensamiento.” Para Lidia “está
bueno que la gente sepa lo que pasa. Es indiferente estar adentro o
afuera. Si uno quiere ser golpeado psicológicamente te golpean. Está
todo en la cabeza. Uno se siente preso si uno quiere.” “Estoy
construyendo nuestra casita --la interrumpe Mónica--. Es una
habitación, no tiene mucho. ¡Las estoy esperando chicas!”
Sitio: www.lunascautivas.com.ar
*Lunas cautivas se proyecta mañana a las 18 en el Centro Cultural Rojas, Avenida Corrientes 2038, Ciudad de Buenos Aires.
Sitio: www.lunascautivas.com.ar
*Lunas cautivas se proyecta mañana a las 18 en el Centro Cultural Rojas, Avenida Corrientes 2038, Ciudad de Buenos Aires.

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